martes, 23 de marzo de 2010

Raúl




Su mundo se reducía a las cuatro manzanas alrededor de la Iglesia de Santo Domingo. La familia, eran sus tres perros. Los cuidaba como si fueran sus hijos. Y ellos lo cuidaban a él. Porque dormir en el rellano de un viejo edificio en las noches de invierno, con la ciudad casi desierta era muy peligroso.
Raúl, el ciruja, siempre estaba de buen humor. Tenía un par de fieles amigos, con los que se daban una mano. A veces le ayudaba a Víctor, que juntaba botellas en un carrito. Víctor decía, deliraba, que era un empresario. Que tenía muchísimo dinero en un banco, pero que prefería empezar desde abajo, en este emprendimiento del vidrio, como hizo Rockefeller. A Víctor cada tanto lo invadía la tristeza. En esos momentos su amigo Raúl aparecía, con su compañía y sus palabras.
Y después estaba la María. ”La mujer más hermosa de la Tierra y sus alrededores”, como gritaban a coro Raúl y Víctor cuando la veían.
La María les contestaba: -¡Ahí están los dos más locos de Córdoba. Un día de estos me la creo y no les doy mas bola!-mientras sonreía mostrando sus tres dientes de abajo y los dos de arriba. Ella no dormía en la calle. Tenía una hermana. Pero si vivía en la calle.” Es mi forma de ser libre, decía.”
Cuando alguno de sus amigos se enfermaba, la María se las arreglaba para conseguir las muestras médicas. La María era “de fierro”. Aunque siempre le criticaba a Raúl la compañía de sus amados canes:-Te van a llenar de pulgas. Te van a contagiar la sarna. Y algún día te van a morder”- le decía. Raúl se indignaba. Le quería hacer entender que no era así. Que eran nobles, los encargados de que nada le pasase, que eran sus ángeles de la guarda. María no entendía. O no quería entender.
Llegó junio y empezó a bajar la temperatura. El año pasado la Municipalidad les había repartido frazadas a la gente que vivía en la calle. Este año seguro que harían lo mismo.
Una noche pasaron los empleados municipales. Le dejaron tres frazadas y comentaron que se anunciaba un invierno crudo. Le dijeron que para julio lo mejor sería que durmiese en el Refugio Nocturno. Ellos pasarían todas las noches para llevarlo, si quería. Raúl preguntó si lo dejaban entrar con sus perros. Le dijeron que no. Y entonces, como era de esperar, declaró:
-¡Si ellos no entran, yo tampoco! Las primeras noches de frío fueron aguantables. Sus animalitos se acostaron a su alrededor, y con unos cuantos cartones y las frazadas no la pasaron tan mal.

Hoy había estado frío todo el día. Por eso se sentía melancólico. Estuvo pensando en la María. Llevaba semanas sin verla. Se acordaba de lo mucho que habían conversado, como se habían entendido. ¿Qué hubiera sido de él, solía pensar, si la hubiera conocido antes? La primera vez que la vio se sintió impactado, le gustó su simpatía, su risa fácil...
Ya estaba oscureciendo, y se estaba levantando viento. Los perros se acurrucaban alrededor de él. A lo mejor podrían salir de la calle juntos, sin perder la libertad.
Había caído la noche.

En una de esas, suerte mediante, podrían haber tenido una familia. La María, según comentarios, supo trabajar en un hospital. Se decía que era médica. El nunca le preguntó. En el código de la calle lo que no se cuenta, no se pregunta.
El frío estaba apretando. Mejor abrigaba bien a los perritos.
Sentía un gran cariño por ella. ¿Por qué nunca se lo dijo? La próxima vez que la viera, juntaría coraje y se lo diría.
La noche era brava. Se tapó prolijamente con todos los cartones, y se durmió.
Entró dulcemente en el sueño. En un bellísimo sueño. Ahí estaba María, hermosa, con un vestido blanco atendiendo a dos niños. Sus hijos, seguro. Otra niña jugaba con Mancha que la tironeaba del vestidito, mientras el Poroto y el Duque miraban atentos para entrar en el juego. Víctor cebaba unos mates. Estaban en el campo. La tibieza del aire, el verde follaje, todo indicaba que el invierno, al fin había pasado. La escena hizo que una sonrisa se dibujase en su rostro.


Los empleados municipales recién pudieron hacer arrancar la camioneta a las tres de la mañana. Todo por un problema con la batería que no se aguantó los seis grados bajo cero que hizo durante la noche. Encima con un viento que parecía la Siberia. En la recorrida, el descanso del viejo Banco Hipotecario, hogar de Raúl, era la parada numero seis.
Lo encontraron quieto, muy quieto, rodeado, por sus fieles amigos, Todos bien arropaditos con las frazadas. Mientras Raúl, dormido para siempre, con una amplia sonrisa, comenzaba su nueva vida, con su entrañable María.


Juan José García Zalazar

domingo, 28 de febrero de 2010

Pequeña historia de amor

La clase en el secundario se desarrollaba como siempre, tediosa, eterna.
El profesor de historia comentaba que el General San Martín, jamás se apropió de los bienes de los españoles vencidos, porque creía que no era un botín del que había que apoderarse. Fue entonces cuando uno de los alumnos aprovechó, para decir con esa crueldad de adolescente: “¡Como los botines de Gutiérrez!” y la carcajada fue general.
Gutiérrez era uno de nuestros compañeros del nacional, estudioso y responsable. Su padre, por esas cuestiones burocráticas, no lograba que le pagasen la jubilación y a su edad nadie le daba trabajo como la gente. En su casa no había un peso para nada, menos para comprar zapatos. Por eso Gutiérrez iba al colegio con un par de botines de su papá y era notable que le quedaban grandes. No había manera de disimularlo. Todos los demás usában mocasines. Gutiérrez nunca antes se había sentido tan herido. Pero lo que realmente le dolió, era que la burla la hubiese escuchado una de sus compañeras, Cecilia. Desde que la vio se enamoró perdidamente. Bastaba que mirase para su lado para que sintiera vergüenza. Era demasiado linda.
Cecilia una sola vez le habló. Lo hizo con tanta dulzura que ya nunca mas se pudo olvidar de ella. Y eso que solo le preguntó una duda que tenía en matemáticas. Esperaba que no se hubiera dado cuenta del temblor de su voz cuando le contestó. La timidez siempre lo traicionaba
Por eso se la juró al burlista. Lo esperaría a la salida y lo retaría a pelear en el baldío de la vuelta. La macana que su compañero y ahora odiado rival, era como veinte centímetros mas alto y con un físico de una persona totalmente desarrollada. Jugaba al rugby en el único club del pueblo. Pero si algo le sobraba a Gutiérrez era orgullo y una clara inclinación al suicidio.
En el último recreo le dijo que lo esperaba en el campito y que no le dejaría un diente sano. La risotada de Moreno, que así se llamaba el rugbier, preludió la contestación: “Dale, que hoy tengo que hacer un poco de ejercicio”
La noticia corrió por todo el colegio en pocos minutos. En la puerta una verdadera muchedumbre rodeo a los contendientes que se encaminaron al campo del honor.
Gutiérrez tenía mucho miedo, solo la bronca lo empujaba. De ella sacaba el coraje para no dar la vuelta y salir corriendo. Además, estaba Cecilia. Se sentía un gladiador y tenía la secreta esperanza de poder ganarle a esa masa de músculos y que ella al enterarse, se fijase en él.
La primera trompada de Moreno, en realidad fue a traición, ya que Gutiérrez ni en guardia se había puesto. Aunque de poco le hubiera valido. Trastabilló pero no se cayó. La segunda que le pegó lo dejó medio desorientado, pero tampoco se cayó. Alcanzó a largar un puñetazo que se perdió en el vacío y recibió otro en plena nariz. La sangre caliente corría hacia su boca, la sintió salada. La vista no le obedecía bien. La figura del gigantón se ponía cada vez más borrosa. El próximo golpe fue en el mentón. Le pareció que un caballo lo había pateado. Cayó. El par de zapatazos en las costillas casi no los sintió. El suelo era blando, los sonidos sordos, los brazos no le obedecían y parecían de manteca. No le servían para pararse. Todos a su alrededor se reían y de a poco se iban yendo. Y él allí, tirado, solo, y más herido que nunca.
Una mano le tomó la cabeza y la apoyó sobre algo blanco. Parecía un guardapolvo. Era suave y tibio. Lentamente se dio cuenta que estaba apoyado sobre una falda y que un pañuelo, amorosamente, le limpiaba la cara. Y comenzó a dudar si se encontraba en la tierra o en el cielo, porque su mirada, aun nublada, le dejo ver la carita de Cecilia.
Y ella estaba llorando.


Juan José García Zalazar (2007)

domingo, 21 de febrero de 2010

El Camaleón



El Camaleón

Esta especie de camaleón es bastante rara. Solo al tío Alfredo se le podría haber ocurrido traérmelo de regalo. Pero ya estaba en casa y mamá tuvo que aceptarlo.Compramos una pecera. Desde allí nos miraba.Era de un color verde bastante apagado.
El primer cambio lo vimos cuando murió el canario. Ese día su color cambió .Se lo veía violáceo. El cambio no pasó desapercibido para nadie. Menos para mí, que el día anterior me había dado cuenta que su coloración mutaba ante cualquier acontecimiento no esperado.

En el trabajo de papá había problemas en aquel año de dos mil uno. Poco a poco las fábricas se iban cerrando y dejando a la gente en la calle. La crisis no parecía tener fin. Las discusiones en casa eran cada vez mas frecuentes. Entonces mi mascota, poniéndose amarillo con veinticuatro horas de anticipación, me avisaba de alguna especialmente violenta. Si esto ocurría, me quedaba a dormir en casa de algún amigo.
Normalmente, papá, era un tipo tranquilo. Ahora empezaba a llegar cada vez mas tarde y en ocasiones creo que venía medio borracho. Parecía otro hombre. Mi madre, antes alegre y dicharachera, solo atinaba a servirle la comida y callar.

Una tarde el camaleón se torno de un color rojizo. No supe como interpretarlo. Al otro día, a las doce, llegó papá, abatido. Todo en él era tristeza. Nunca lo había visto así. Traía un telegrama en su mano. Era el tan temido despido. Mamá no estaba, había salido a hacer las compras. Papá salió y me dijo: “Me voy al sindicato”
Esa noche, ya muy tarde, me despertaron las voces que llegaban de la cocina. Era papá que decía: “en el gremio me dijeron que solo me queda hacerles juicio, pero va a demorar por lo menos cinco años. ¿Quien me va a dar trabajo con la edad que tengo...”Mamá trataba de consolarlo. Al rato creí escuchar sollozos. Papá lloraba. Al final el sueño pudo más y me dormí.

A medianoche desperté. Fui a la cocina a tomar agua. Pasé frente a la pecera. Mi animalito, no sabía de que color ponerse: rojo, violeta, amarillo, nuevamente rojo. Me miraba fijamente. ¿Estaría enfermo? Lo único que faltaba. O como era su costumbre, a lo mejor quería avisarme algo.
La respuesta la tuve con las primeras horas de la mañana, cuando el grito de la vecina nos anotició, del suicido de papá.

Juan josé García Zalazar

sábado, 9 de enero de 2010

ANGELES


Ángeles

Los ángeles no existen. Al menos no como los pintan los curas. Pero como me gustaría que existieran. Para tener una última esperanza, cuando todo haya fallado.
Pensaba en ángeles en la calurosa tarde correntina porque los acababa de ver en las ruinas de un templo jesuita. Los aborígenes los tallaron en la roja piedra y en un último gesto de rebeldía, les habían dibujado los ojos achinados. Como los de ellos y los míos. Imagino que los religiosos habrían depositado en los escultores toda su confianza. Ese fue su error. Allí quedarían por siglos esos ojos que ahora miraban sin expresión.

La chiquilla descalza llevaba sobre su cabeza una gran cesta de mimbre tapada con una servilleta blanca. Algo vendía. Se acercó y me dijo: “¿chipás calientes, señor”?
Tomé una y sentí que estaba apenas tibia. ¿Y cuanto cuestan?
-Setenta y cinco centavos cada una.
-Pero están frías, le reclamé.
-Mi mami esta haciendo otras, mas calientitas. Si me espera le traigo las nuevas.
No alcancé a contestarle. Como un gorrión salió a los saltitos rumbo a un rancho que desde allí se veía. La pollera de un color amarronado como el piso, le llegaba a los tobillos. Le quedaba bastante grande. La blusa, alguna vez blanca, tenía las huellas del uso intenso.
No se porque decidí acercarme. Me llamó la atención que ningún perro, de esos que por allí se crían para cuidar la casa, me saliese al encuentro. Se veía a un costado un cerco de palos con algunas ovejas y un par de corderos. Un poco mas atrás los restos de lo que fuera un gallinero. Un caballo dormido de tan aburrido descansaba sobre tres patas, la cuarta simulaba estar en punta de pie. Se podían contar sus costillas.
Golpeé las manos y el trozo de frazada que oficiaba de puerta se levantó, dejando ver a una niña de unos trece años. Sus bellos ojos guaraníes me miraron en silencio, como preguntando.
¿No está tu mamá? Quisiera hablar con ella-le dije sintiéndome como un tonto.
-Nosotros no tenemos mamá- me contestó.
-¡Pero si recién tu hermanita me dijo que estaba amasando chipás!
-Ellos me dicen mamá porque soy la más grande. Mi mami murió hace dos años y mi papá se fue a trabajar lejos y nunca volvió.
-Pero como… ¿viven solos, quien los cuida?-pregunté disimulando mi sorpresa.
-No necesitamos que nos cuiden, nadie nos puede hacer nada –dijo con seguridad.
Me pareció que me miraba con lástima.
Empezaron a aparecer a su lado, los hermanitos. Unos niños de cabellos renegridos y grandes ojos rasgados. Todos descalzos.
-¿Pero que hacen si hay algún peligro, si alguien viene a robarles?
-Entonces señor, nos vamos al patio de atrás de la casa y allí estamos a salvo.
No entendí. Pero el modo en que me lo dijo no me permitía volver a preguntar sin pasar por lelo. ¿Que diferencia podía haber entre el frente de la casa y la parte de atrás? Todo estaba rodeado de campo abierto.
-En realidad quiero comprar unas docenas de chipás para llevar-dije justificando mi presencia.
-Esperemé un rato que ya termino de amasar – y con un gesto me invitó a pasar al costado de la casa donde el cañadizo daba sombra a una rústica mesa de timbó. En una batea se veía la masa. El horno a leña estaba listo para cocinar la mezcolanza.
Había llovido durante toda la semana por lo que el piso de tierra era un verdadero barrial. Los botines pesaban una enormidad por el barro pegado, sin embargo los niños que iban delante no dejaban huellas. Los niños pisaban y no dejaban huellas… Esto no puede ser, me dije. Solo quedaban las marcas de mis zapatones.
-Siéntese, el horno ya esta caliente, en veinte minutos estarán listas.
Mi vista descansaba mirando el verdor de los alrededores. Estaba dispuesto a esperar horas si hiciera falta .La paz estaba en este lugar .El calor y el ruido de las chicharras me adormecían, el único movimiento importante era un arreo de vacas que avanzaba cansinamente por el camino al costado de la casa. Los arrieros cada tanto pegaban un grito desganado: ¡vaaaca…vaaaca! Más por costumbre que por necesidad.
Al frente avanzaba un gran toro negro de varios cientos de kilos con una cornamenta impresionante y el único que se mantenía altivo. Su postura desafiante era realzada por la mirada dura de sus ojazos. Pensé que cuando pasara a mi altura solo nos separaría un endeble cerco de ramas espinosas. A mi lado, tres de los hermanitos mas pequeños se entretenían jugando con unas latitas vacías, ajenos al espectáculo que representaba esa masa de animales sudorosos, envueltos en una nube de tierra.
Fue entonces cuando el enorme animal que encabezaba el grupo dio un violento salto y encaró la enramada. Su mirada rojiza se clavó en la mía .Su bocaza entreabierta dejaba caer ríos de baba espumosa. Mis ojos no podían apartarse de la monstruosa cabeza que agachada apuntaba el par de afilados cuernos a mi cuerpo. Volteó el cerco como si fuera de paja y de golpe se paró a escasos metros. Podía sentir el calor húmedo del aire que salía con fuerza de sus pulmones. El tufo animal de su sudor llegó claramente a mi nariz. Giró la testa, miró a los niños que lentamente se levantaban paralizados por el miedo y allí pareció elegirlos como blanco para su ataque. En ese instante pensé que la bestia estaba por vengarse de tanto maltrato, pero lo iba a hacer, con quienes menos lo merecían. No atiné a nada, la presencia tan cercana de semejante mole me impedía moverme. Todo, por un brevísimo instante, quedo congelado Allí escuché el desesperado grito de la niña-mamá y no lo entendí: ¡Al cielo chicos, al cielo! Entonces vi como los tres niños, dando un brinco, se elevaban sobre el animal. Sus piecesitos descalzos, sucios de barro, quedaron suspendidos varios metros arriba .La bestia se irguió todo lo que pudo he intentó pararse en dos patas, tratando de alcanzar a sus presas. Solo logró hacer retumbar la tierra al caer pesadamente sobre sus patas. Inclinando la cabeza los miraba con rabia, luego se acordó de mí, me miró con ojos inexpresivos y arrancó en una embestida imparable contra mi persona. Cerré los ojos y pensé: “hasta aquí llegué”. De golpe, me pareció que estaba volando o algo parecido porque no sentía mi propio peso. Recuerdo que dije: ¡Esto debe ser el comienzo de la muerte…! Cuando los abrí, vi el techo del rancho unos ocho metros abajo, el toro burlado, caracoleaba furioso. Sentí mi mano derecha tomada fuertemente por la niña mayor. De la otra me sostenía el más grande de los hermanitos. Los dos me miraban -¿Vio que nadie nos podía hacer nada?-dijo la niña.
Abajo los arrieros le tiraban un par de lazos al toro y comenzaban a sacarlo. No parecían extrañados de vernos suspendidos en el aire. Solo uno nos miraba con desgano
-Mañana tendré que arreglar el portillo- dijo la niña distraídamente. Cuando bajemos, le termino de cocinar los chipás para que lleve a su pueblo.
Van a ser las mejores que haya comido en su vida-agregó.



Juan José García Zalazar

sábado, 12 de diciembre de 2009


Orgullo

Hace más de una semana que la pregunta me da vueltas en la cabeza. ¿Porque me habré metido en esta? Y la respuesta se va abriendo camino: para joderlo a mi viejo. El no quería que entrase a la escuela militar.

Debe hacer cuatro horas que me tienen arrastrando por el campo de aterrizaje del cuartel. Ellos son mis superiores pero se cansan pronto. Cada media hora se relevan. Parece que es cansador dar órdenes y tocar el silbato.¡¡Pri-pri!! arriba y al trote ¡pri! cuerpo a tierra, ¡pri-pri-pri! arrastrarse. Y así hora tras hora. No me importa, tengo un excelente estado físico.

Estos piensan que me están haciendo pagar por mi rebeldía y me están enseñando quien es el que manda. Quien tiene el poder. Pobrecitos no tienen ni idea con quien están.
Como no la tenía el milico de cuarto año que festejando el cumpleaños de un camarada nos sacó la única jarra con agua que teníamos para ocho cadetes en ese tórrido mes de Enero. Nos estaban racionalizando el agua. Siempre la misma escasez. Siempre la falta de agua. Sufríamos sed, terrible sed que llegaba a partirnos los labios.
En realidad, intentar sacarla. Porque cuando vi que su brazo pasaba por encima de mi hombro para tomarla, sin pensarlo se lo agarré y lo inmovilicé. ¡Para que! Empezó a gritarme órdenes. ¡Suélteme, bisoño! ¡Esta loco bípedo! ¡No escucha la orden! A los segundos todos sus compañeros se arremolinaban alrededor mío, a los gritos. Yo no escuchaba nada. Solo apretaba su brazo. Por primera vez en dos años hacía lo que sentía.
No puedo negar que tenía algo de temor. Durante meses y meses, año tras año, se nos había inculcado obediencia ciega a la orden del superior.”El superior siempre tiene razón y más cuando no la tiene”

Como un reflejo tardío le solté el brazo. No fue por miedo, insisto. El cadete, de quien ahora ni me acuerdo ya el nombre pero si de su cara, se sintió libre y de nuevo, la arrogancia lo invadió. Me tomó el cuello del uniforme por la parte de atrás, justo debajo de mi nuca y me di cuenta que intentaba echarme el agua de la jarra en la espalda. Sus compañeros lo estaban mirando.
Esta vez tampoco lo pensé. Me tomé el cuello por delante y tire hacia abajo de tal modo que no tuviera lugar para derramar el agua. De nuevo el griterío, ordenes, contraordenes, insultos, golpes sobre la mesa. Los ojos desorbitados de mis compañeros y una especie de paralización del tiempo. Era como si todo a mi alrededor de pronto desapareciese, solo veía los gestos, las caras desencajadas de los milicos gritándome. Sus asquerosos alientos y la llovizna inmunda de sus salivas salpicando mi rostro. Al fin me di cuenta que obedeciendo podía burlar la intención del cadete .Me tiré al suelo del comedor y al ritmo del silbato salí por la puerta principal rumbo a este campito cubierto de rosetas.

Si, debe hacer como cuatro horas que estoy haciendo flexiones de brazos, trotando, arrastrándome al mando del engreído de turno. Algo me está pasando porque cada vez me cuesta mas levantarme del piso .Me estoy cansando. No yo, mi cuerpo. Me da bronca que los músculos no me obedezcan y mas que estos hijos de puta se den cuenta.
Me quedo unos segundos de más en el suelo. El aire no me entra en la cantidad necesaria. El corazón amenaza con salirse del pecho y su golpeteo hace rato no me deja entender bien lo que me dicen. No se si me parece, pero un leve resplandor alcanzo a ver en el horizonte antes de caer nuevamente. Debe estar amaneciendo

Me viene a la cabeza la última clase del profesor de judo. Esa vez se apartó de la monotonía de las prácticas de tomas y nos enseño tres formas de matar con el solo uso de las manos. Se me ha grabado a fuego una, la más sencilla. Solo se necesita usar correctamente el filo de la mano y dar en el lugar preciso. La muerte es instantánea, no hay sangre y tiene la gran ventaja de que ningún forense la puede detectar como echa por el hombre. Suele pasar como un golpe producido por una caída. Como lo que se hacen al caer por una escalera.

En este cuartel ningún edificio tiene ascensor. Y eso que son de tres pisos. Hay escaleras en todos lados.

Kilómetros y kilómetros de escaleras...




Juan José García Zalazar

lunes, 7 de diciembre de 2009

El viaje



El viaje

Esta camioneta tiene que haber estado cargada con bolsas de cal y de arena.Desde que subimos a la caja y a pesar de los pañuelos, no dejamos de respirar el polvillo blanco. Liliana tiene sus bellos ojos marrones enrojecidos por la arenisca. Estamos cruzando el desierto patagónico y eso nos llena de felicidad.

No recuerdo la cara de mi madre. Hago esfuerzos cuando me acuesto y cierro los ojos para que milagrosamente se aparezca en mi mente. Solo Dios sabe cuanto deseo verla. En el Hogar de Menores, nunca nadie me habló de ella. Solo una vieja cocinera me dijo una vez que era muy jovencita y que vivía en el campo cerca de Totoral. Que seguro que no había podido hacerse cargo de mí y por eso me entregó al juez. Pero por mas que le preguntase no me dijo mas nada. Yo quería conocer como era. Ella me respondía como al descuido: “como cualquier chica de esa edad”
Cuando cumplí los quince años me trasladaron a un instituto de menores de la capital. Ahí me mandaron a trabajar a una panadería. En las noches mientras amasaba, me imaginaba como sería ella ahora. Y si se acordaría de mí. Creo que fue entonces cuando me propuse encontrarla. Lo raro es que no me interesaba para nada saber algo de mi padre.
Un maestro averiguó en los expedientes que en realidad me había entregado mi abuela y que allí figuraba con domicilio en Río Gallegos. Empecé a juntar dinero porque pensé que si lograba encontrarla, ella me podría decir donde hallar a mi madre. Desde entonces durante el día y también en sueños, imaginaba el viaje y el encuentro.
Fue en esos días que conocí a Liliana. Ella también estaba en un instituto de menores a pocas cuadras del nuestro y el día de la primavera los docentes organizaron una fiesta.
La primera en entrar fue ella. A las otras ya ni las miré. Mis ojos, a pesar de mis esfuerzos, no se apartaban de los suyos. Aproveché que se encargó de repartir las gaseosas para mirarla de cerca. Cuando me dijo ¿querés? sentí que algo muy lindo me ocurría. Venciendo el temor a ser ignorado, me acerque. Comencé una conversación y no sé porque terminamos hablando de nuestros padres. Mejor dicho los de ella. Porque ella estaba internada por malos tratos de su padrastro. Me mostró unas cicatrices que tenía en las piernas, por las cadenas con que la ataban a la cama cuando era niña. No lo podía creer. Siempre había escuchado de mis compañeros las palizas que algunos debieron soportar, pero nunca imagine que a una niña también se la podía maltratar igual. Me vinieron unas ganas tremendas de conocer al padrastro y juro que si en ese momento lo hubiera visto, lo habría matado. Sin embargo Liliana le quitaba toda importancia y parecía mas interesada en conocer el proyecto de búsqueda del que le hablaba, que en tomar venganza.
La fiesta terminó y quedamos que le pediría a la Directora que me dejase ir a visitarla los jueves, como si fuera un pariente. Desde ese momento no deje de molestar a los docentes para que averiguaran que había pasado con el permiso. El miércoles llegó la buena noticia. Podía ir a verla.
Liliana trabajaba en una casa de familia en Avenida Maipú. Esa vez le mentí al Director. Dije que tenía que hacer un reemplazo a la tarde y la pasé a buscar. Nos fuimos al cine y luego a un café. Allí empezamos a planear la fuga. Porque sino teníamos que estar hasta la mayoría de edad para poder salir.
Al principio yo no estaba muy convencido de lo que le contaba, haciéndola partícipe de la aventura. Porque el viaje siempre lo había imaginado solo. Pero hubo algo que me decidió. Al cruzar la Maipú y como yo caminaba más rápido, me tomó de la remera de la parte de atrás y no sé porque, ese gesto me indicó, que Liliana sería mi compañera para todo en la vida.

El cartel dice: “Comodoro Rivadavia 360 kilómetros”o sea que falta un montón para Gallegos.
Liliana se ha dormido. Había sido de “fierro” la niña. Esa vez cuando le dije si se animaba hacer el viaje me contestó casi sin pensarlo: “y... tenés que probarme”.
Su cabeza esta apoyada sobre mi brazo. El negro cabello brilla alborotado por el viento y estoy pensando, que si no encuentro a mi abuela, ya no tiene tanta importancia.

El nuevo cartel dice: “Comodoro Rivadavia 350 kilómetros.”

Juan José García. Zalazar

domingo, 6 de diciembre de 2009

El cartel increíble


El cartel increíble


Quizás haya sido porque en ese lugar pasé los mejores momentos de mi niñez.
Un lugar bucólico. El campo de mi abuela.
Nosotros vivíamos, por razones de trabajo de mi viejo a mil cien kilómetros de aquí.
Todos los veranos emprendíamos la aventura de treparnos a un tren que recorría un tercio del territorio nacional. Rumbo a la suprema felicidad.
Esa, compuesta por desayunos bajo los talas, con pan casero, leche recién ordeñada con mate cocido, dulce de durazno criollo y manteca bien salada.
El ir a buscar los caballos al cerco para ensillar e irnos al potrerillo a cazar liebres.
Las pequeñas tareas encomendadas de acuerdo a nuestra edad. A la tardecita; buscar las ovejas al campo. Venir tras de ellas respirando el cálido olor de sus lanas, mezcladas con el polvillo en suspensión de sus pasos cansinos.
O traer agua desde el pozo en baldes, para regar el patio, asearnos, hacer la comida.
Comida criolla si la hay. Zapallo, papa, zapallito, zanahoria y grandes trozos de carne, a veces de cordero, todo en un gran guiso de aroma sin par.
Y la abuela que siempre lo acompañaba con enormes pedazos de pan criollo hecho al rescoldo.
Las siestas con el arrullo de las tortolitas, y ese calor que de tanto insistir nos hacían dormir aunque resistiéramos.
Si el paraíso debiera ser descripto por un niño, me lo hubieran preguntado a los ocho años, y la descripción hubiera sido perfecta. Porque lo viví a esa edad.
El tiempo pasó. Los viejos parientes ya no existen. El camino me trajo de regreso, cincuenta años mas tarde.
Por ello, esta mañana al pasar por el campo que fuera de mi abuela, vi un cartel de lo más común. Aunque este era increíble.
Decía: OPORTUNIDAD 17 HAS. EN VENTA –INMOBILIARIA BRUNO Y CIA... y no pude leer más.
Porque el agua de que están hechas las lágrimas es opaca, a través de ellas todo es borroso.

Juan José García Zalazar