viernes, 7 de mayo de 2010

El botón amarillo





I

Este invierno promete ser uno de los más fríos de los últimos años.El viento helado se cuela por la puerta de hierro del calabozo. Y eso que le he puesto, por debajo, diarios enrollados. La ventanita la cerré prolijamente con un pedazo de cartón, la macana es que no entra casi nada de luz. La lámpara está encendida todo el día. Tengo que cuidarla porque cuando se queme no podré reemplazarla. Se la cambié al gringo de la 17 por un paquete de cigarrillos casi enterito. De abrigo no estoy tan mal.Tengo dos camisetas de frisa, un pulóver y este saco de corderoy. El pobre hace esfuerzos todavía para abrigarme. Menos mal que conseguí un botón más o menos grande para cosérselo, sino hubiera tenido que usarlo abierto en la panza y, como viene la mano, no sería lo más recomendable. No sé por qué siempre siento más frío en el estómago que en cualquier otro lado. Lolita siempre me cargaba cuando yo le decía que a las mujeres parece que sólo les hace frío en la cola y ella me decía “peor es que te haga frío en la panza, vos no podés apoyarla en ningún lado, yo en cambio la pongo cerca de la estufa y listo.”
Es un botón con personalidad. Amarillo, medio transparente y con dos agujeritos que me miran fijamente. Podría decirse que es bastante serio pero con cierta indulgencia en el mirar. No hace juego con los otros, marrones, insulsos, de cuatro agujeritos. Simples botones comunes. De ellos no me haría amigo ni por casualidad.Como no soy amigo de la mayoría de los presos. Es cierto que todos nos necesitamos. Más en esta cárcel del fin del mundo. Pero una cosa es ser compañeros y otra ser amigos.
Cuando nos llevan a talar madera para las estufas del comedor, nos cagamos de frío en las vagonetas y, aunque van despacio, la brisa nos corta la cara como delgadas agujas de hielo. Pero sentimos que de algún modo estamos libres.Yo me preparo momentos antes de subir. Me cierro el saco, abrocho el botón amarillo, me subo las solapas y me ajusto el trapo de lana que uso como bufanda. Me imagino entonces que nos vamos al campo con mi papá en la vieja Estanciera que tenía. A él le gustaba llevarme a cazar liebres. Siempre íbamos en Semana Santa, cuando se tomaba unos días de descanso. Parece que hubieran pasado mil años desde entonces. Y pensar que sólo voy a cumplir los veintiocho dentro de un mes. Desde que hice la macana, siento que he envejecido cincuenta años. Todos aquí somos viejos y es raro el que tenga más de treinta.
Estoy pensando que de toda la ropa que tengo, el saco es en realidad el que mejor está. Cuando salga se lo voy a dar a las monjas que vienen los sábados a visitarnos. Ellas cuentan que afuera la gente la está pasando muy mal. Parece que hay otra de esas crisis que cada tanto se dan. A alguno le va a venir muy bien para proteger el cuerpo. Las monjas nos traen chocolate que los niños de sus colegios donan. Suelen estar agrios pero los comemos con verdadero deleite. Más de una vez hemos sufrido fuertes patadas al hígado, pero… quién nos quita lo bailado. La comida de acá son guisos. Algunas veces de arroz y otra de fideos, según dicen los cocineros. Pero todo tiene el mismo sabor.




II

Siempre nos toca a las novicias tener que seleccionar y lavar la ropa que nos mandan de la cárcel. El Director se da ínfulas de benefactor trayendo esos trapos que la más de las veces ni para basura sirve. Sé que no debo pensar así porque cometo el pecado de soberbia, pero si hasta la Madre Superiora comenta que no hay cómo sacarle un centavo al funcionario. Con traernos estos paquetes cree que lava su conciencia de los atropellos que reciben los presos. Si Dios toma esto como un mal pensamiento seguro que me perdonará. No es mi intención ofenderlo.

O las necesidades son muy grandes o el que cosió este botón no tiene ni idea del buen gusto. ¡Un saco marrón con botones marrones y un botón amarillo en el medio! El botón solo, así aislado, no es feo. Lo voy a sacar y coseré en su lugar otro más apropiado. El amarillo lo voy a guardar. Me va a servir para cerrar la cartuchera de jean que cosí. Voy a bordarle a las orillas guardas rectangulares con hilo amarillo. Así hará juego.
La cartucherita la tengo llena de lápices. De niña me gustaba dibujar y desde entonces y cada vez que puedo, trazo algunas líneas aunque más no sea por darme el gusto. Aquí son pocas las cosas que no escapan a la disciplina. Los momentos libres son cada vez más escasos. La vida afuera está llena de tentaciones. No tendría tranquilidad para dibujar. La Madre vio algunos de los bosquejos y me felicitó porque estoy ilustrando escenas de La Biblia. No me animé a decirle que también me gustaría hacer otros con acciones más mundanas. Tengo hermosos recuerdos de mi vida en casa antes de que Dios me llamase a su servicio.Tendría que decirle, porque soy muy tonta y a lo mejor hago dibujos que puedan ser pecaminosos. Ella me va a orientar.
Tengo en mente hacer una colección de los juegos que inventábamos en las tardes calurosas. Nos divertíamos como nunca. El tiempo en esa época era más lento. El día se demoraba en terminar. Nos molestaba que llegara la noche. Queríamos dormir ligerito para levantarnos y seguir jugando. Voy a hacer algunos bosquejos, a tomar coraje y a mostrárselos. Es tan seria que por momentos hasta le tengo un poco de temor. En realidad temo su severidad. Ella tiene buen ojo para ver cuando estamos por cometer un error y toma las medidas necesarias para evitar que se ofenda al Señor.


Nunca pensé que se pondría tan mal. Me dijo que mis dibujos eran germen del pecado. Que los bañándonos en el río semidesnudos, eran los peores de todos. No eran costumbres propias de un hogar cristiano. Era evidente que habíamos sido descuidados en nuestra formación. Pero que todavía estaba a tiempo de corregirme. Que rompiera los dibujos y que no tocase los lápices hasta que no limpiase mi corazón de toda imperfección.
En el verano vendrá mi sobrina de Córdoba, a ella le regalaré la cartuchera y los lápices. No tengo ganas de seguir dibujando.

III


Cuando me recibí, mi intención era hacer clínica. Tener un consultorio y recibir pacientes particulares. La realidad me demostró que era una fantasía, nomás. De todos los compañeros de Psicología, solamente dos han podido cumplir con el deseo. Ni hablemos de los que no están haciendo nada para lo que nos preparamos. Yo al menos estoy en lo mío.
Apenas me enteré de la pasantía en el “Neuro”, me presenté. Me sirvió de mucho la práctica en un dispensario. Según el Director, ese antecedente lo decidió a darme la oportunidad. Ya van para tres años que estoy aquí. Y todavía sigo aprendiendo de mis pacientes.
Hoy no tengo que atender pero me preocupa el anciano que han internado hace quince días. Según la ficha lo encontraron deambulando en cercanías de la Terminal de Ómnibus en total estado de abandono. La policía lo llevó al San Roque y los médicos de ahí dijeron que, salvo el estado de desnutrición que tenía, no había motivos para que estuviese internado. No sé por qué vericueto administrativo llegó aquí. El siquiatra de guardia lo diagnosticó así: ¿esquizofrenia con delirios místicos? Así, entre signos de interrogación.
Me hice cargo de la atención de Aucaman por propia voluntad. El hombre es menudo y con una gran barba blanca que le llega hasta el pecho. El cabello largo lo lleva sujeto con una bonita vincha a guardas.Toda su figura me hace acordar a esos santulones de la India que se ven en los documentales. En la primera entrevista traté de no fijar mi vista en él para que no se sintiese intimidado pero era muy fuerte la atracción de su mirada. Sus ojos negros reflejaban la dulzura de sus palabras. Cuando pregunté de dónde venía me dijo “del sur”.Y pensé, erróneamente, que era del sur de la provincia. ¿De cerca de Río Cuarto? pregunté.”No del sur de en serio”, me contestó. Y como para mitigar su respuesta añadió: “de Neuquén, de la cordillera.”
Aucaman me contó que su nombre significa “cóndor libre”.Vivía en una comunidad pegada a Los Andes, que era chamán y que intentó llegar a Jujuy donde vive una de sus hijas. Le robaron todo lo que tenía cuando se durmió en el ómnibus, por lo que tuvo que bajarse. Que era la primera vez que viajaba porque un espíritu de la montaña le había indicado que su hija lo necesitaba. Dijo que cuando la policía lo interrogó contó esto y por eso lo trajeron al hospital. Lo mismo le había ocurrido con el médico de guardia que lo recibió. Me preguntó: ¿Cuándo volveré a ser libre? La pregunta me dolió. Tuve que contarle la verdad. “Aucaman, cuando alguien venga a buscarte”. No me animé a decirle que las asistentes sociales no habían dado con su hija.
No fue difícil establecer una excelente empatía. El hombre se abrió con naturalidad, y a mí me atrapó su personalidad. Contó que era el responsable de la salud de su gente. Me dijo que los árboles, montañas, los ríos, los animales, el viento, eran sus parientes. Sólo había que estar alerta para oír a la naturaleza y serle obediente. Allí estaba el remedio a los dolores del hombre.

Ayer le llevé una cartuchera con lápices que encontré en la calle, cerca de la plaza de Gral. Paz. Me acordé que preguntándole a Aucaman qué le gustaba hacer dijo: dibujar. La pregunta no fue inocente. Me preocupa verlo tan triste, sin hacer nada.
En cuanto la vio, sus ojos se iluminaron. Le encantó el detalle de un botón amarillo que tiene. Me dijo: “es parecido al ojo de un cóndor.” Por primera vez lo vi contento. Después con mucha delicadeza se puso en la tarea de descoserlo, mientras murmuraba algunas palabras en su idioma. No lo quise interrumpir. Evidentemente el acto era trascendente. Luego, dijo “cuando el ojo halle una pareja de enamorados ese día seré nuevamente libre” Después lo guardó en el bolsillo. No entendí que había querido decir.
Al comentarle el caso a mi compañera, fue sin decir palabra hasta la mesa donde dibuja y volvió con un rollo de papeles, fibrones y una caja con témperas. “Tomá, dáselo cuando lo veas, le van a servir más que los lápices”. La miré cuando se alejaba y nuevamente pensé, “qué bueno haberla encontrado…”

Hoy Aucaman murió. Lo encontró el enfermero en su ronda matutina. Su cuerpecito casi no abultaba bajo las sábanas. Vi, en su cara, tranquilidad. Se diría que estaba soñando algo bonito. Me acerqué a la caja de cartón donde habían guardado sus cosas personales. Junto a las alpargatas, un pantalón y la camisa, estaban la vincha, la cartuchera y un paquetito con las témperas y los fibrones.

Al botón, no lo encontré por ningún lado.


Juan José García Zalazar

lunes, 26 de abril de 2010

El acompañante


El acompañante.


En varias leguas a la redonda de la Estancia Santa Rita, se sabía que no eran épocas de andar hasta muy tarde. Ni mucho menos alejarse de las casas. En toda la comarca la noticia hacía rato que se conocía. Todos hablaban de lo que estaba pasando. Lo hacían en voz baja y con cierto temor. Aunque, la peonada no podía disimular ante el capataz, cierto regocijo.
Lo que se decía era que por el valle del Conlara se había visto a Mate Cocido. Reconocido bandido y por cierto muy temido y también admirado. La chusma, como solía decir mi abuela, lo reverenciaba. Era su costumbre asaltar, robar y repartir parte del botín entre el pobrerío y si había resistencia, no dudaba en descerrajarle un tiro al asaltado.
Los dueños de los campos al solo escuchar su nombre, se llevaban la mano a la rastra verificando tener el chumbo y de paso mostrar, por las dudas, que estaban dispuestos a defender sus bienes. El miedo era evidente. A Mate Cocido, según los hacendados, había que matarlo donde se lo encontrase.

El capataz maldecía mientras recorría la distancia que le quedaba hasta el pueblo.
¡Justo ahora se tenían que quedar sin kerosén...! La culpa la tenía el boyerito nuevo, encargado de que no faltase. El pobre no sabía calcular bien y los grandes tachos estaban vacíos.
La tardecita anunciaba la llegada de la noche. Tendría el tiempo justo para llegar hasta el almacén del gringo Pollini y pegar la vuelta. Había atado al sulky un alazán que era una luz. Por eso lo eligió. No le causaba ninguna gracia salir a esa hora. Poco le importaba lo que los peones estarían diciendo con relación a su escaso coraje. Pero le daba un poco de rabia. Cuando pidió un voluntario para ir al pueblo, todos se hicieron los tontos.
Mate Cocido según la gente, era alto, de pocas carnes, ojos zarcos, un poco encorvado y manco. La mano derecha se la había cortado él mismo para zafar de los grilletes que el ejército le puso para llevarlo como “voluntario” a la guerra contra el indio. Se escapó a la noche, no sin antes degollar al milico que estaba de guardia y quiso pararlo. Dicen que allí comenzó su rebeldía. A los dieciséis años.

El gaucho que esperaba a la orilla del camino era alto y flaco. Le hacía señas de que parase. El capataz, pensó en lo peor. Pero paró. Pudo más el temor.
-¿Va para el pueblo, no?-le dijo el inesperado acompañante mientras le extendía, a modo de saludo, la mano izquierda y ponía su pie en el estribo. Ni se molestó en preguntar si lo llevaba. Decididamente se sentó en el pescante.
-Mucho gusto-contestó Don Gervasio con un hilo de voz. Cuando pudo dominar sus nervios y aparentando tranquilidad le preguntó:
-¿Está trabajando por estos lados?
-No, de paso nomás-contestó el hombre. Luego calló.
El capataz arriesgándose un poco más, le comentó:
-Ud. sabe que tiene suerte de encontrarme, porque a esta hora ya nadie sale al camino. Dicen que Mate Cocido anda por estos pagos. En cuanto terminó de decir la frase se dio cuanto que había metido la pata. Ya era tarde para arrepentirse. El hombre fijó sus oscuros ojos azules en los del conductor y pausadamente le dijo:
-Ud. no se haga problema, que si está conmigo, nada le va a pasar.
Gervasio sintió una rara sensación, mezcla de temor y también de alivio. Estaba seguro que viajaba en compañía del asesino mas buscado por la policía. Nunca supo muy bien porque, pero lo que dijo después, durante mucho tiempo lo hizo sentir culpable.
Le dijo, como avisando:-Solo tengo unos pocos pesos para el kerosén. Tendría que haber traído más, para comprar algo de yerba y harina.
El desconocido le clavó una dura mirada y lentamente llevó su mano en dirección al facón que asomaba en su cintura. El corazón del capataz se detuvo. Hasta aquí llegué, pensó. ¿Por qué no me habré callado? Entonces vio que el hombre sacaba un puñado de billetes del bolsillo y sé los ofrecía.
-Aquí tiene, no se quede con las ganas y tómese unas copas a mi salud. Y pare, que aquí me bajo-ordenó con gesto hosco.
Se apeó y desapareció entre los altos churquis de la orilla del camino.
Don Gervasio asegura que al ratito sintió un tropel que se internaba en el campo. Varios hombres lo estaban esperando en el monte.

Los billetes nunca los gastó. Los tiene en una cajita de madera que pasará, seguramente, de hijos a nietos. Dice que desde entonces le traen suerte.
Y así debe ser, porque al día siguiente, la noticia corrió con la velocidad del rayo, la estancia lindera, la de Don Tomás, fue tomada por asalto por un grupo de gauchos, quienes además de llevarse todo lo de valor, no vacilaron en degollar la caballada, para que no se armase una partida que saliera en su persecución.

Don Tomás, casi tiene el mismo fin. Mate Cocido paró en el último instante, la puñalada de unos de sus subordinados, enojado con el estanciero porque se resistía a entregarle la rica rastra de monedas de plata.

Juan José García Zalazar

lunes, 12 de abril de 2010

Desición



Jamás quise ser artista. Sufro como nunca cuando tengo que salir al escenario. Te mentí durante quince años. Te he sentido siempre como un carcelero a pesar de que te presentes como mi ángel protector.
Cada vez que piso las tablas con mis pies, dejo un poco de mi vida. No me produce ningún placer. Miro al público e imagino que todos son felices. Vienen a ver lo que les gusta. Me miro y veo lo que no quiero ver. Hoy no me gustó mi actuación. Mi actuación en la obra y en la vida. Hoy dejo de ser artista y quiero que vos seas el primero en saberlo.
Siempre me tocó hacer los papeles más difíciles y lo hacía con agrado. Pero todo se fue haciendo cada vez más complicado. Más aún cuando estaba irremediablemente solo. Ninguna ayuda de tu parte fue posible. Lo que construimos juntos, tuvo un solo motor, mi esfuerzo. Debo reconocer que me faltó valor para revertir el proceso. Siempre tuve una excusa a mano.
.
El sufrimiento y la pena me han invadido. El momento ha llegado nuevamente. Esta vez no lo desperdiciaré. Dejaré la actuación.
Creo, que en realidad, esta decisión ya la habías tomado vos. Y no es que yo deje todo, sino que vos hacés que yo deje todo.
Pero querido amigo, aún tengo un recurso y todavía me queda algo de valor. No te la llevaras tan liviana. Hoy dejo de actuar. ¿Así lo querías, verdad?
Pero te llevaré conmigo. Esto que guardo en mi bolsillo no es de utilería. Esa la dejé hoy en el vestuario. Esta tiene dos balas y espero ser tan certero, como certera fue tu decisión de apoderarte de mí.

Juan josé García Zalazar



Breve historia del “ratón” Gómez (empleado municipal)


Una esquina era la terminal de colectivos en el pueblo. Recién veinte años más tarde se construyó un edificio destinado a ese fin. En ella había un importante comedor. El de Don Tito y su mujer. Los ómnibus salían de allí a otras poblaciones del oeste cordobés. Las veredas estaban hechas de pedazos de piedra laja. Las juntas entre ellas, tenían profundos huecos de tanto en tanto. Eran las cuevas de los ratones que por allí pululaban.
Para muchos serranos llegar hasta la ciudad, era un acontecimiento. Se instalaban en el bar de Don Tito (que nunca cerraba) por un par de días con sus noches. Ocupaban una mesa y se emborrachaban mansamente. Solo se levantaban para ir a orinar. Las jaulas con las gallinas y las bolsas con cabritos recibían las mínimas atenciones. Un poco de maíz y agua. Conversaban todo el tiempo. Cada tanto con gritos y carcajadas celebraban algún encuentro. O guardaban silencio con tristeza. Uno entonces pensaba, que se acordaban de algún amigo muerto.
Esta bucólica vida se veía empañada por la insolencia de las ratas. Cada vez eran más. Al principio se las veía salir de noche. Más tarde, a pleno día, con sus gordos cuerpos encorvados. Cuando lo viajeros se descuidaban, alguna intrépida subía a los bultos, husmeando, en busca de comida. El grito de las mujeres producía la rápida huída, pero por poco tiempo. Al rato aparecían, nuevamente, olfateando el aire.
Gómez era el empleado municipal que tenía a cargo la “terminal”. Su impresionante gorra gris con visera negra, y una chapa de bronce que lucía en el pecho, lo investían de autoridad. A él acudían los que tenían algún problema. Entonces sacaba una enorme libreta de tapas marrones y procedía a “labrar el acta” según decía. Nunca dijo que pasaba después, pero la gente descontaba, que por lo menos el Intendente, seguro, se enteraba. La queja adquiría, entonces, rango institucional. La seriedad de Gomez y sus inquisitivas preguntas, garantizaban que se hacía lo que correspondía.
Pero el problema de las ratas no se solucionaba con “levantar el acta “.No alcanzaba.
Una noche un parroquiano, fue mordido en un dedo del pie, que asomaba elegantemente de su alpargata, por una enorme rata gris. El hombre saltaba y pateaba al aire con el ratón prendido a su falange. Luego se sumó otro caso por demás desagradable. La mujer de Don Tito nunca fue muy higiénica y no disponía de mucho menaje, pero dentro de la escasez imperante, se las arreglaba para dar de comer.
El caso es que, se encontró dentro de un plato de locro, entremezclada con los pedazos de carne, una cría de rata. El hombre se dio cuenta cuando no lograba desmenuzar en su boca, este rebelde trozo y lo sacó para cortarlo con el cuchillo. La Municipalidad tomó cartas en el asunto. Se decidió ahogarlas en sus madrigueras. El operativo estuvo a cargo de Don Gómez. Un viernes a la tardecita llegó el camión regador con sus mangueras y una cuadrilla de peones. Si intentaban escapar serían muertas a palazo limpio por los fornidos muchachos municipales. Llegaron, sacaron el mate y las “rasquetitas”, en espera de órdenes superiores. Gómez no había arribado aún. Se rumoreaba que llegaría acompañado por el Intendente y el Secretario de Obras Públicas. Las elecciones serían pronto y el Lord Mayor quería dar muestras de buena administración. Estaba en juego su reelección.
El auto oficial frenó frente al camión. El Intendente se bajó de inmediato, se quitó el saco y tomó un pedazo de hierro macizo de un metro de largo. Mirando de reojo a los numerosos vecinos adoptó posición napoleónica y dio la orden precisa.- ¡Vos Gómez quedate a mi izquierda, Negro, vos a mi derecha!- y luego levantando la voz gritó:-¡Échenles agua a esas mierdas!
Alrededor de las cuevas, apostados con gran nerviosismo, esperaban los empleados. Los músculos tensos y la vista clavada en los agujeros. A la media hora salió la primera. Su cabeza mojada fue destrozada por el certero palazo. Al poco tiempo decenas de ellas salían por todos lados. Las que lograban escapar de los palos, sucumbían en las fauces de los perros que se habían sumado a la algarabía general. De donde no salía ninguna, era de la cueva que vigilaba el Intendente y sus amigos. Allí la tensión aumentaba segundo a segundo. El fotógrafo que,”casualmente” pasaba por allí, se aprestaba sacar la foto que inmortalizaría la acción de gobierno, en el diario Nuevos Rumbos. Al fin, un borboteo, indicó la inminente aparición del roedor. Salió de golpe y escapó a gran velocidad corrido por el Intendente y Gómez. En un momento dado, paró y los enfrentó. Allí el político aprovechó para tirarle un potentísimo “fierrazo”, con tan mala suerte que se le atravesó un perro y le desvió el golpe a la “canilla” de Don Gómez. Se la quebró en dos partes.
En el Hospital, el practicante de guardia hizo lo que pudo. La intervención, le dejó tres centímetros mas corta una pierna que la otra. Por eso al municipal se lo debería haber apodado “el rengo” Gómez. Sin embargo por ese incidente en la batalla contra las ratas, a este hombre digno y generoso, se lo llamó desde entonces “el ratón Gómez”, y a sus hijos, los “ratoncitos Gómez”.

El Intendente fue reelecto con más del sesenta por ciento de los votos. A los meses ya se candidateaba para Senador.


Juan José García Zalazar

jueves, 25 de marzo de 2010



Otoño


En tus ojos tristes, la melancolía
En tus manos, la placidez
En tu andar cancino, la quietud

En tus gestos, la espera
En tu sonrisa, la calma
En tus abrazos, la calidez

¿Entiendes entonces, mujer,
porque otoño hoy te llame?

Juan José García Zalazar (21/03/10)

martes, 23 de marzo de 2010


El hallazgo


El camionero avisó al puesto de Gendarmería de Los Penitentes a las cuatro de la mañana. El frío arreciaba y la nieve no dejaba de caer. Quizás por eso, los gendarmes se demoraron un poco en trasladarse a ver las huellas, de lo que parecía ser un desbarrancamiento a unos siete kilómetros hacía abajo.
Al llegar, el Sargento Guzmán se bajó, miró la densa niebla, puteó al gobierno, que nunca les mandaba las linternas rompe-nieblas y busco las sogas de la caja de la camioneta.
Llamó al aspirante Rodríguez, y entre ambos empezaron la maniobra para descender a la profundidad del precipicio.-Tené cuidado, Rodríguez, a ver si todavía te tengo que pagar como bueno.- le advirtió el Sargento, mientras él mismo patinaba en la greda húmeda de la montaña.
Con mucho esfuerzo bajaron. Era un R-12 rojo. El primero en llegar, fue el aspirante que le gritó a su robusto superior:
-¡No hay nadie mi Sargento!, ¿pero sabe qué? ¡El baúl esta soldado!
-¡Carajo!-dijo Guzmán- voy a tener que ir al puesto a buscar la amoladora. Vos quedate acá, que en hora y media estoy de vuelta. ¡Ya vengo!-gritó, y se fue.
A la media hora, el novato aspirante, pensó que tenía que hacer algo para combatir el frío y el aburrimiento. La soldadura no parecía tan fuerte y piedras lajas había por todos lados. Agarró una bastante afilada y empezó a pegarle en uno de los puntos soldados. El primero le costó. El segundo no tanto, y calculó que con su bayoneta podía hacer palanca.Así lo hizo.
La puerta del baúl se abrió apenas unos centímetros y por allí miró. Veía un cuerpo. No se movía. Estaba de espaldas, todo vestido de negro.
Le habló. El silencio fue la única respuesta. Insistió. Nada. Entonces pensó en lo peor.
Necesitaba más luz. Tomó otra piedra y siguió golpeando la soldadura. Para colmo esta era una costura mucho más gruesa. En efecto la piedra pronto se desgranó.
Buscó en los alrededores una de cuarzo, más dura, y siguió pegándole. La soldadura cedió, y pudo ver algo más. El cuerpo tenía las manos atadas con alambre de púas. Finos hilos de sangre se habían deslizado sobre su piel trigueña.
El Aspirante José Rodríguez, a los de diecisiete años, sintió una sensación en el estómago que nunca antes había experimentado. Respiró hondo. Miró a sus espaldas. La neblina ocultaba el entorno. El silencio, era abrumador.
“Porque no me habré ido con el sargento”, pensó.Pero estaba en el baile y tenía que bailar. Juntó coraje, y siguió golpeando. El rítmico golpeteo se confundía con los latidos de su corazón.
De golpe, con un brusco movimiento, el baúl se abrió.
El cadáver llevaba una sotana. El bisoño gendarme se dio cuenta de que sus piernas le temblaban y tenía la boca seca.
El sacerdote, en posición fetal, le daba la espalda. Tendría que darlo vuelta él solo.
Con mucho cuidado, lo tomó de un hombro y una cadera, y lo giró. Parecía un maniquí.El curita no tendría más de treinta años y su cara estaba desfigurada por una tremenda costura de gruesas puntadas que le cerraban la boca.
-¡Dios mío, que mierda es esto! –dijo el Aspirante, y retrocedió unos pasos, con la mirada fija en ese rostro.- ¿Y ahora que hago?
Permaneció unos segundos sin moverse, observando aquello, en silencio casi religioso. Luego, se acercó lentamente. Entonces se dio cuenta de que el sacerdote tenía la boca abultada. Habían puesto algo dentro de ella.En eso sintió el ruido de la camioneta del destacamento que llegaba, y un rato mas tarde los resoplidos del Sargento descendiendo.-Che, no te me habrás muerto de frío ¿no? Te traigo café, bien calientito.- le oyó gritar.
Un cuarto de hora mas tarde, el Sargento estaba anoticiado de todo y tan asustado como su joven camarada. El aspirante insistía:
-Fíjese mi Sargento que tiene la boca abultada, adentro tiene algo. ¿Qué será?
-Mirá, pibe, ese no es problema nuestro. Lo llevamos al destacamento y avisamos a Mendoza. De él se encargará el médico forense.- dijo el suboficial disimulando su confusión.
Y fue lo que hicieron.


Juan José García Zalazar

Raúl




Su mundo se reducía a las cuatro manzanas alrededor de la Iglesia de Santo Domingo. La familia, eran sus tres perros. Los cuidaba como si fueran sus hijos. Y ellos lo cuidaban a él. Porque dormir en el rellano de un viejo edificio en las noches de invierno, con la ciudad casi desierta era muy peligroso.
Raúl, el ciruja, siempre estaba de buen humor. Tenía un par de fieles amigos, con los que se daban una mano. A veces le ayudaba a Víctor, que juntaba botellas en un carrito. Víctor decía, deliraba, que era un empresario. Que tenía muchísimo dinero en un banco, pero que prefería empezar desde abajo, en este emprendimiento del vidrio, como hizo Rockefeller. A Víctor cada tanto lo invadía la tristeza. En esos momentos su amigo Raúl aparecía, con su compañía y sus palabras.
Y después estaba la María. ”La mujer más hermosa de la Tierra y sus alrededores”, como gritaban a coro Raúl y Víctor cuando la veían.
La María les contestaba: -¡Ahí están los dos más locos de Córdoba. Un día de estos me la creo y no les doy mas bola!-mientras sonreía mostrando sus tres dientes de abajo y los dos de arriba. Ella no dormía en la calle. Tenía una hermana. Pero si vivía en la calle.” Es mi forma de ser libre, decía.”
Cuando alguno de sus amigos se enfermaba, la María se las arreglaba para conseguir las muestras médicas. La María era “de fierro”. Aunque siempre le criticaba a Raúl la compañía de sus amados canes:-Te van a llenar de pulgas. Te van a contagiar la sarna. Y algún día te van a morder”- le decía. Raúl se indignaba. Le quería hacer entender que no era así. Que eran nobles, los encargados de que nada le pasase, que eran sus ángeles de la guarda. María no entendía. O no quería entender.
Llegó junio y empezó a bajar la temperatura. El año pasado la Municipalidad les había repartido frazadas a la gente que vivía en la calle. Este año seguro que harían lo mismo.
Una noche pasaron los empleados municipales. Le dejaron tres frazadas y comentaron que se anunciaba un invierno crudo. Le dijeron que para julio lo mejor sería que durmiese en el Refugio Nocturno. Ellos pasarían todas las noches para llevarlo, si quería. Raúl preguntó si lo dejaban entrar con sus perros. Le dijeron que no. Y entonces, como era de esperar, declaró:
-¡Si ellos no entran, yo tampoco! Las primeras noches de frío fueron aguantables. Sus animalitos se acostaron a su alrededor, y con unos cuantos cartones y las frazadas no la pasaron tan mal.

Hoy había estado frío todo el día. Por eso se sentía melancólico. Estuvo pensando en la María. Llevaba semanas sin verla. Se acordaba de lo mucho que habían conversado, como se habían entendido. ¿Qué hubiera sido de él, solía pensar, si la hubiera conocido antes? La primera vez que la vio se sintió impactado, le gustó su simpatía, su risa fácil...
Ya estaba oscureciendo, y se estaba levantando viento. Los perros se acurrucaban alrededor de él. A lo mejor podrían salir de la calle juntos, sin perder la libertad.
Había caído la noche.

En una de esas, suerte mediante, podrían haber tenido una familia. La María, según comentarios, supo trabajar en un hospital. Se decía que era médica. El nunca le preguntó. En el código de la calle lo que no se cuenta, no se pregunta.
El frío estaba apretando. Mejor abrigaba bien a los perritos.
Sentía un gran cariño por ella. ¿Por qué nunca se lo dijo? La próxima vez que la viera, juntaría coraje y se lo diría.
La noche era brava. Se tapó prolijamente con todos los cartones, y se durmió.
Entró dulcemente en el sueño. En un bellísimo sueño. Ahí estaba María, hermosa, con un vestido blanco atendiendo a dos niños. Sus hijos, seguro. Otra niña jugaba con Mancha que la tironeaba del vestidito, mientras el Poroto y el Duque miraban atentos para entrar en el juego. Víctor cebaba unos mates. Estaban en el campo. La tibieza del aire, el verde follaje, todo indicaba que el invierno, al fin había pasado. La escena hizo que una sonrisa se dibujase en su rostro.


Los empleados municipales recién pudieron hacer arrancar la camioneta a las tres de la mañana. Todo por un problema con la batería que no se aguantó los seis grados bajo cero que hizo durante la noche. Encima con un viento que parecía la Siberia. En la recorrida, el descanso del viejo Banco Hipotecario, hogar de Raúl, era la parada numero seis.
Lo encontraron quieto, muy quieto, rodeado, por sus fieles amigos, Todos bien arropaditos con las frazadas. Mientras Raúl, dormido para siempre, con una amplia sonrisa, comenzaba su nueva vida, con su entrañable María.


Juan José García Zalazar