lunes, 24 de febrero de 2014








VIEJOS PAPELES

Entre todos los viejos papeles encontré la poesía. Solo tiene cuatro versos. No parece mi letra. Han pasado veinte años desde que la escribí. Sus rasgos me son extraños. Las “t” tienen el palito que no suelo poner. Y la “x” es muy abierta. Lo que dice lo volvería a escribir ahora. Ahora que recuerdo el perfume de tu cuello. El nacimiento de tu pecho en ese vestido con florcitas pequeñas. Esa forma tan de cervatillo conque venías. La dulzura conque me nombrabas. El pequeño anillo de plata que olvidaste en la mesada y que olvidé en la vieja casa. El papel cruje levemente  cuando lo doblo y lo coloco en la caja. Esas palabras son las mismas que te diría hoy. Si por acaso te encontrara.

Juan J. García Z.

sábado, 15 de febrero de 2014

       



                                                             OSCURECIMIENTO
El pequeño puerto de Vladislok casi fue un capricho de la Gran Guerra. Los altos mandos del Zar entendían que Rusia debía tener un atracadero de submarinos alternativo en caso de ser atacada la base principal. En realidad casi nadie lo tomó muy en serio. Incluso los ingenieros construyeron un par de muelles que no hubieran soportado las olas del Báltico más de unos cuantos inviernos. Sin  embargo llegados los años cuarenta todavía estaban en pie. La burocracia rusa hizo que una pequeña dotación de infantes y algunos oficiales se renovasen cada tanto en la casi ridícula base. Su defensa terrestre eran un par de cañones de  105mm.Verdes por fuera por la acción de la humedad. Sin embargo eran mantenidos en funcionamiento y para Navidad se hacían unos cuantos tiros al sonar la campana de la capilla. Capilla que era atendida por un sargento, ex seminarista. No se tenía noticia de que alguna vez, hubiesen mandado a cura alguno desde la capital.
En el diminuto pueblo vivían las familias de los oficiales casados. Los únicos vehículos eran dos jeeps Uaz  y una tanqueta varada a la entrada del pueblo  e imposible de arreglar. En casa se hacían esfuerzos para mantener el clima militar que toda unidad de marina debía tener. Cada tanto se simulaba que éramos atacados por aviones enemigos. Un poco por directivas castrenses y otro poco, imagino, que para romper la monotonía de todos los días. Especialmente de noche Todo a modo de entrenamiento. Entonces mi mamá colgaba de unos ganchos unas pesadas frazadas marineras, tapando las ventanas. Se apagaban todas las luces salvo una lamparita azul que colgaba del techo del comedor. Uno de los jeeps, entonces, recorría el caserío en busca de alguna luz que se filtrase y denotase al enemigo, la presencia de gente.
Pero ahora Rusia estaba nuevamente envuelta en una guerra mundial. La guerra que se nos antojaba lejana, extraña, se iba acercando. Las noticias de los avances alemanes nos llegaban a través de una vieja radio con gabinete de madera. Cada vez más   seguido se escuchaba la sirena que daba la alarma de un probable ataque a la  base militar. Papá ya no se sacaba el uniforme casi nunca. Al lado de la puerta de entrada, estaban  cuatro valijas repletas de ropa por si había que evacuar.
Abuela recién llegada, no entendía mucho de esos aprestos. Le causaba  gracia esas cosas. Para ella, nacida y criada en el campo, estábamos un poco locos. Papá distribuyó  las tareas a cada miembro de la familia para los “oscurecimientos” que era la forma en que se nombraba  a esas medidas preventivas. A mis hermanos y yo, nos tocaba sacar el botiquín de primeros auxilios y llevarlo a la puerta principal. Después teníamos que poner una especie de rollos alargados rellenos con arena  debajo de las puertas para que la escasa luz no saliese por ahí. A abuela le encargó que tapase la pequeña ventana de la cocina con un retazo de cobija. Lo hacía, pero de mala gana. Solía decir “esto es ridículo, si me viese tu difunto padre…”Colgaba el pedazo de tela y luego se sentaba en una silla en la cocina a leer un viejo libro de tapas amarillas a la luz de una linterna. Papá la retó un par de veces diciendo que era peligroso. Pronto se dio por vencido ante la terquedad de abuelita.
Las noticias eran cada vez más alarmantes. Las tropas alemanas, según la radio, pasarían por el camino principal rumbo al norte a escasos  dos kilómetros de los olvidados muelles de Vladislok. Papá dijo que el pueblo no tenía ningún valor militar para los germanos pero que había que estar atentos. A la nochecita sonó nuevamente la sirena. Todos cumplimos con nuestra tarea, esta vez con mucha más premura. Las conversaciones que solían darse, las hacíamos a media voz, casi cuchicheando. El jeep no pasó frente a casa. Lejanos rumores como de tormenta se escuchaban para el norte. Luego, cerca, muy cerca, oímos el ruido de una oruga. Pensamos de inmediato en la tanqueta y  que la habían, por fin, arreglado. Luego gente que caminaba un poco a los tropezones en medio de la oscuridad. Mamá dijo “deben nuestros  infantes que van al muelle”. En seguida una pequeña explosión, como un petardo, como los que tirábamos para fin de año. Y nada más. Poco más tarde se sintió nuevamente la sirena anunciando que se acaba el “oscurecimiento”. Mamá fue a la cocina a calentar la comida y sentimos un grito. Un grito espeluznante, como nunca más volví a oír en mi vida. En la silla de la cocina, estaba abuelita sentada, apoyada en el respaldo, como si  estuviera descansando de tanto leer. En la frente un orifico simétrico, apenas sangrante, daba cuenta de su imprudencia. La linterna en el suelo, aún parecía moverse.

Juan José García Zalazar

sábado, 14 de diciembre de 2013







Los Gallos de Don Pedro

Que Don Pedro tenía una obsesión, no era secreto para nadie. Los gallos de riña. En su casa podía faltar la comida pero nada faltarle a sus animalitos. Pedro Díaz, jubilado municipal, rengueaba de la pierna izquierda. Recuerdo de su actividad como chofer y de un desbarrancamiento  que casi le cuesta la vida. En esa ocasión se rumoreaba que había tomado un poco de más. Cuando lo sacaron de la cabina del camión, lo primero que encontraron en el saco, fue su inseparable petaca. Reforzaba su mezquina jubilación organizando peleas de gallo. En el patio de la casa se alineaban las jaulas. Una al lado de otra, en tres niveles. Todas  hechas con cajones de madera. Los domingos a la siesta, aparecían hombres sospechosos y tocaban el timbre. La puerta se entreabría y desde adentro, algo se les preguntaba. Recién entonces se les permitía entrar. Había que protegerse de la policía. En el barrio de amplias casas con patios y frutales, era común intercambiarse las  frutas. Mis naranjas por tus limones. Y así. Natural era que los chicos pidiéramos a las señoras algún damasco o durazno. Teníamos penado ir a lo de Don Pedro. No nos decían porque.
El de la idea fue Hugo. Huguito.
Piru, Don Sosa se fue al campo ¿y si saltamos la tapia y vamos a ver los gallos? La propuesta de Huguito fue irresistible. Al primero que vimos era el que se llamaba Juan Domingo. Lo sabíamos porque el almacenero siempre decía que ese gallo había ganado todas las peleas hasta que perdió un ojo. Con un solo ojo pudo ganar otras cuatro peleas más. Era un colorado con algunas plumas grises y une inútil ojo celeste. Recorrimos todas las jaulas. No podíamos ver las que se encontraban atrás. Estaba oscuro. Hicimos unos rollitos con papel de diarios e improvisamos  pequeñas antorchas. Las metimos entre las jaulas y pudimos ver que atrás estaban los polluelos. El ruido de la puerta al abrirse hizo que saliéramos escapando y en segundos estuvimos a salvo. Nos fuimos a la esquina a jugar hasta que nos llamaron a comer.
A la hora, nomas, los gritos de los vecinos y mi papá que salía corriendo con un balde de agua, anunció  lo que pasaba. De la casa de Don Pedro salía un humo espeso. Unos vecinos tironeaban las mangueras tratando que llegaran. La puerta de entrada estaba tirada en el suelo. Pude ver como unos gallos semiquemados daban vueltas sin rumbo. Otros totalmente negros, no habían sobrevivido. El acre olor a plumas quemadas saturaba el aire. Esa noche, mi papá dijo que Don Pedro sacrificó a los heridos que no iban a vivir. Para no desaprovecharlos los repartió entre los vecinos. Sacó un paquete de diario y lo tiró sobre la mesa. El papel se abrió y la fina cabeza de Juan Domingo cayó bamboleándose cerca de mi cara. Me miraba inexpresivamente. Con un ojo celeste y el otro cerrado.

Esa noche no quise comer.                                                                             
                                                                                                                               

 Juan José García Zalazar

jueves, 18 de abril de 2013


                                                                      Ausencia

La huella de tu cabeza en la almohada. Las sábanas, oleaje confuso de  mar encrespado. Una frazada tirada a los pies en montón anodino de tibiezas. La nariz pretende apropiar  el suave perfume que flota indeciso por irse. Alguna calidez me llega a las palmas de las manos cuando pretendo acariciar la blancura del algodón. Creo sentir el eco de tu voz cuando  poniéndote el último zapato dijiste, “me voy”. El velador ha quedado encendido. Todavía la puerta murmura el quejido sin aceite de las bisagras. Sobre la mesa, un vaso a medio llenar y el cigarrillo que no terminaste. Mi ansiedad, que no sabe de ausencias, ya se duele por tu regreso.
Y apenas si te has ido…

Juan José García Zalazar

viernes, 30 de noviembre de 2012


                      






                                  La diesel

Las cinco de la mañana y ya todo el pueblo está levantado. El sol todavía no ha salido. Algunos gallos  están despiertos, desconcertados y sin animarse a cantar. No entienden que está pasando. Por las ventanas de las cocinas se filtran las amarillentas luces de las lamparitas. Se adivina que la gente está desayunando, el aire se siente perfumado por el humo de las estufas a leña. El cruel frío sureño todo lo envuelve. Esta vez su socio, el viento, no lo acompaña. Quizás ha optado por tomarse un respiro y dejar que la gente, al menos una vez, no tiemble  apenas dejen el cobijo de las casas.
El pueblito, serán una treintena de casas, se desparrama alrededor de la estación del ferrocarril como si temiesen alejarse de ella. Da la impresión de haber sido  parido  a partir de la casa del jefe de la estación, por lejos la construcción más importante. Esta vez y a pesar de la hora todas las luces del andén están prendidas e incluso algunas lámparas quemadas, han sido recientemente reemplazadas por flamantes focos de neón.
La noticia llegó hace un mes. Las viejas locomotoras a vapor ya no correrían más por el ramal que pasa frente al caserío. Se dice que a las seis de la mañana pasará la primera máquina diesel.  Que son mucho más potentes, rápidas, enormes. Un prodigio de la ingeniería, algo nunca visto. En el periódico del pueblo  vecino salió un artículo donde un periodista que había podido presenciar la tremenda máquina en la capital, recomendaba no concurrir con niños o personas cardíacas al paso del tren. Incluso aseveraba que personas de edad avanzada se descompusieron no pudiendo aguantar la impresión al ver a  semejante engendro.
Francisco, mi padre, descreído anarquista, apenas leyó el artículo tiró el diario y me dijo: ¡nosotros vamos a ir! Estos cagatintas capitalistas se oponen a que la gente pueda ver los prodigios  que el pueblo trabajador y sus ingenieros pueden hacer en bien de la humanidad. Y usted tiene edad para ver con sus propios ojos esta maravilla.
Cuando lo comenté en la escuela me enteré que mis compañeros también iban a ir y de las discusiones que sus padres habían tenido por el suceso que se acercaba. Parecía que las madres se oponían en bloque por el riesgo que  podíamos correr. Los padres parecían que también se habían puesto de acuerdo para  llevarnos. La rebelión paterna  quedó zanjada en un acuerdo no escrito. Las niñas no irían. En el acuerdo mi papá no contaba. Nosotros iríamos todos. Mi mamá, yo y mis dos hermanas.
Fuimos de los primeros en llegar. Bien abrigados y todavía con el gusto en la boca del mate cocido muy azucarado que mamá nos hacía. También estaba el intendente con su hijo y un compañero de papá, acompañado de su mujer y los mellizos. Mamá y las chicas se guarecieron en el salón de espera. Nosotros nos quedamos en el andén. Mi papá se puso a conversar con su amigo. Ambos estaban de acuerdo que el tren no pararía en el pueblo y acordaba que estaba bien porque una formación ferroviaria de tal categoría solo era digna de las grandes ciudades. Mi padre le comentaba a su compañero que le hubiese gustado que su hermano hubiera podido ver  la máquina que pronto llegaría. Le decía que no lo veía desde que llegaron de Polonia a Buenos Aires. De esto hacían como quince años. Su hermano era técnico mecánico y de haber estado no se lo hubiera perdido. Que las cartas que le había enviado volvían con un sello que decía: “destinatario desconocido”
En eso estaban cuando de pronto, como a una legua, donde las vías hacían una curva, apareció una luz potentísima en la negrura de la noche. Me pareció que el sol salía a  ras de la tierra. Casi al mismo tiempo el suelo empezó a temblar, cada vez con mayor intensidad.  La luz avanzaba  rápida.  Instintivamente nos corrimos unos pasos hacia atrás. La luminosidad empezaba  a subir  medida que se acercaba. Pronto llegó a nuestros oídos un raro bramido que crecía en fuerza segundo a segundo. Yo temía que esa cosa se nos viniera encima. Sentí como la mano de papá me apretaba y me di cuenta que la boca se me había secado. Alcancé a ver como se iluminaba su rostro y la rara expresión  de sus ojos. La locomotora era ahora, una gran mole negra y amenazaba llevarse todo por delante. Pensé en un segundo en mis hermanitas, no las veía en el andén. Nosotros, sin querer, ya estábamos pegados a la pared, como dando espacio al paso del monstruo que llegaba. Parecía que iba disminuyendo la terrible velocidad que traía. Alcancé a oír que el compañero de papá decía: ¡parece que va a parar!  Un aire  caliente y oloroso a petróleo entró por mi nariz al mismo tiempo que un agradable calor me llegaba a las mejillas. Ya la diesel pasaba lentamente mientras un fuerte chirrido metálico daba cuenta de que se detenía. Recién ahí me fije que todo el pueblo llenaba el andén.
Por las iluminadas ventanillas se veían las caras de gentes extrañas. Solo una puerta se abrió en el segundo vagón. Bajó un hombre, alto como mi padre. Traía un par de valijones. Se detuvo dubitativo, observando a su alrededor como buscando a alguien. Mi padre, absorto mirando la locomotora, le daba la espalda. El hombre se acercó a uno de los vecinos, le habló y vi que le indicaba con su brazo extendido en nuestra dirección. El viajero pareció apurar el paso, acercándose. Con dudas tocó el hombro de papá y con voz temblorosa preguntó: ¿Francisco…? Papá se dio vuelta, miró al extraño a los  ojos  y luego, dudando un instante,  exclamó: ¡José…! Fue ahí cuando me soltó la mano, abrazó a mi tío y pude sentir el temblor de los cuerpos de los dos hombres  estrechándose en un abrazo  que parecía no tener fin.
Cercana, la oscura locomotora ya no me parecía tan amenazadora.

Juan José García Zalazar

lunes, 27 de febrero de 2012


Un vale por cien bananas.

Mi rodilla derecha siempre me recuerda que he sido niño. La miro. Me mira .Tiene cara de no decir nada. La cicatriz que esta allí es raramente, recta. Como si algún arquitecto hubiera trazado la primera línea de un edificio. Parece el inicio de algo .Se distingue del resto de la piel por su color mas claro. La pierna se muestra morena. Tiene siete centímetros de largo. Uno por cada año del niño que era entonces. La herida que la produjo fue importante, tan importante como el miedo que sentí.

El aire fresco que venía de la playa, nos daba en la cara al grupo de chiquillos que buscábamos que hacer, para burlar el tedio de las vacaciones.
El pueblo, minúsculo, levantado entre los médanos y el mar, tenía una sola verdulería .Nos habíamos dado cuenta, que el fletero que traía verdura de las quintas cercanas, se bajaba y se ponía a charlar con la agraciada dueña del lugar .El destartalado camión permanecía abandonado por lo menos veinte minutos. Parecía que descansaba. Su dueño lo cargaba sin misericordia. Una montaña de cajones en equilibrio precario, se elevaba por sobre la cabina y amenazaba con derrumbarse en cualquier momento. De lo costados, había colocado unos fierros doblados en la punta, a modo de afilados ganchos, de donde colgaban unos impresionantes cachos de bananas. En casa nunca compraban. Eran caras. Los rubios racimos prometían sabores inigualables. La tentación me inició en el camino del delito. Decidí robar.
La primera vez el trabajo en equipo superó todas las expectativas. Oscar en su papel de campana, estratégicamente apostado a la sombra de un eucalipto, dominaba los probables movimientos del enemigo. Ricardo se colocaba a un costado listo para recibir el botín. Su altura le permitía ver las señas de peligro que le hiciera Oscar. Los demás formaban un compacto pelotón dispuesto a entorpecer el paso del proveedor, si éramos descubiertos. El robo, todo un éxito, fue repartido en partes iguales, pese a mis protestas. Yo exigía un par de bananas más por correr el mayor peligro.
La segunda vez, fue igual a la primera en cuanto al temor, los nervios y el corazón que amenazaba con escapárseme del pecho. Esta vez, desplegado todo el aparato de apoyo, subí por la compuerta trasera. El viejo camión estaba cargado como nunca .Tuve que caminar entre una pila de cajones con lechuga y bolsas con cebollas. Desde allí, el suelo se veía muy lejano. Transpirando a raudales, hacía esfuerzos por descolgar un racimo, cuando Oscar haciendo alarde de su pésimo humor, gritó “¡ahí viene el viejo!” Me vi volando por encima de la mercadería en una fuga desesperada. Allí la mala suerte se acordó de mí. Uno de mis pies pegó con la baranda y en la caída mi rodilla derecha se clavó en uno de los ganchos.
Quede colgando cabeza abajo. Debo parecer uno de esos pollos carneados que el carnicero cuelga sobre el mostrador.
El mundo al revés es muy curioso. Veo las copas de los árboles, no sabía que estaban tan juntas. Forman una especie de techo. Al camión deberían darle una buena capa de pintura. Desde aquí parece más ruinoso todavía.

Siento una especie de minúsculo temblor al irse, lentamente, desgarrando la carne por mi peso. Hasta me parece oír un leve ruido al paso del fierro en su camino hacia el hueso. Es raro pero no siento dolor. Lo único molesto son los gritos de mis amigos. Alguien, un grande, me toma de los hombros y cuidadosamente me levanta quitándome el peso. Otro, no le veo la cara, maniobra con mi pierna. El griterío es general. Una mano con una rejilla, olorosa a lavandina, me limpia la cara. De golpe, me siento libre. El camionero me lleva en brazos a la carrera, rumbo a casa, creo. Trato de tener la cabeza un poco más rígida pero los largos trancos del hombre hace que la bambolee. Lo miro. Esta asustado y un par de lágrimas le brillan en los ojos. A su lado alguien corre sosteniéndome la pierna mientras dice “¡no tengas miedo, no pasa nada!”Y su cara, dice lo contrario. La sangre me empapó el pantaloncito y la remera. Con el tiempo es lo único que me recriminó mi mamá. Eran épocas muy duras y la sangre no sale.

No sé que pasó después. Habrá habido un hospital, médicos y vendajes. No lo recuerdo. Lo único que me queda es esta cicatriz y ahora un pedazo de papel que encontré hace poco en la abandonada casa paterna. En un cajón de la mesa de la cocina estaba ese pedazo mal recortado de papel de envolver. Todavía se puede leer escrito con lápiz negro y letra infantil:”Vale por cien bananas” y mas abajo, a modo de firma, “Antonio”. Así se llamaba el camionero.

Al papel se lo tiene que haber dado a mi mamá.

Juan José García Zalazar

jueves, 15 de septiembre de 2011


La loca de los moños


La única construcción más alta del pueblo era la iglesia, llamada pomposamente por sus habitantes “la catedral”. Era un mamotreto de ladrillos y cemento mal proporcionado. Dos gordos campanarios hacían guardia a sus costados. Uno de ello rematado en una cruz de hierro muy oxidada. El otro la había perdido en un temblor de hacía casi veinte años atrás y nunca repuesta a pesar de la innumerables rifas, bailes y ferias de platos que se hicieron para juntar fondos. Ese mismo campanario carecía de campanas. Solo lo atravesaban unos gruesos maderos de algarrobos que servían de atalaya para las cientos de palomas que se empecinaban en cubrirlos con bosta, año tras año. Las dos únicas campanas que asomaban por las ventanuscas de la otra torre, eran tañidas en ocasiones muy especiales. Como cuando murió el prestamista, hombre muy rico de la zona y un verdadero beato, dueño además, de la única joyería del pueblo.La comidilla del lugar decía que prestaba el dinero propio y el del cura Biglietti, hombre que al parecer había echo su fortuna administrando peleas de gallos en el interior de la provincia antes de hacerse cura. El sacerdote había perdido un ojo en una de esas tantas peleas.Allí nació su vocación sacerdotal. Lo tomó como una señal de dios.Las peleas ahora las organizaba su hermano quien le giraba las ganacias.La abúlica vida parroquial transcurría entre las misas dominicales y las partidas de pase inglés que apenas se disimulaban en el Club Parroquial, una casucha lindera a la iglesia. Los habitué, para la procesión anual de la virgen patrona, solían alinearse a lo largo de la vereda en actitud respetuosa aunque no participaban, debido a su categoría de pecadores. Ese día el club permanecía cerrado.
Cuando llegó el cura Biglietti, no lo hizo solo. Lo acompañaba Magdalena. Muy pronto conocida como “la loca de los moños”.La mujer de suaves rasgos aindiados, cuerpo enjuto, vestía una larga pollera que le llegaba a los tobillos, por debajo asomaban unos zapatones negros abotinados.Sobre su vestimenta llevaba, invariablemente, un delantal que variaba de color según el día de la semana. Al igual que los moños que lucía sobre su cabeza.. Estos semejaban una gran mariposa posada sobre su cabello pronta a levantar vuelo. Eran enormes, rígidos, impecables, planchados al almidón. Parecía que si decidían aletear, tranquilamente hubieran elevado a Magdalena por los aires. Los lunes el moño era blanco, el martes celeste, el miércoles lucía un bonito verde turquesa, los jueves amarillo papal y por fin el viernes un rojo furioso que, se me antojaba, tenía un cierto sentido pecaminoso.
Cosa rara, a nadie se le ocurrió pensar en alguna relación íntima entre Magdalena y el cura. Con solo verla se podría asegurar que era virgen. Nadie lo decía pero seguro que se pensaba. Su actividad externa era barrer todas las tardes la vereda del templo. Siempre a las cinco en punto. Incluso en pleno verano cuando el sol calentaba la calle de tierra a casi cincuenta grados y se elevaban columnas de aire tórrido semejando espejismos. Las demás diligencias eran propias, según se sabía, de los cuidados del sacerdote y de la iglesia. Pagaba al carnicero, panadero y verdulero que diariamente se acercaban a la casa parroquial. Casi no les hablaba. La breve conversación solo giraba en torno a los pedidos para el próximo día. Los sábados y domingos no se la veía para nada. Suponíamos que eran sus días de descanso.
La vida de Magdalena perecía bastante gris y despojada de todo interés. Al menos era lo que todos imaginábamos al presenciar su rutina. Pero un día conoció a Toribio. Un borrachín y guitarrero que se ganaba la vida, diríamos la comida, rasgando su guitarra en los numeroso boliches de los alrededores y entonando, a pedido de los feligreses, viejas tonadas cuyanas y alguna que otra zamba. Su arte lo canjeaba por un plato de comida y unos cuantos vasos de vino de damajuana. Debemos decir, a modo de defensa, que era un ferviente católico. Jamás faltaba a misa de diez. Estuviera o no sobrio. Invariablemente se presentaba perfectamente peinado a la gomina. De saco gris y pantalón oscuro, brillante de tanto planchado. Sobre su cabeza lucía un sombrero con cinta negra seguramente heredado de algún pariente. De pronto se lo empezó a ver a plena luz del día, a él que era un habitante de la noche. Esperaba apoyado en un naranjo de la vereda a que Magdalena terminase de barrer y luego la acompañaba hasta el atrio donde se los veía conversar respetuosamente. La ceremonia no duraba más de quince o veinte minutos. Más que suficiente para que todo el pueblo comenzase a hablar del nuevo idilio. Pronto se supo que ambos tenían intenciones de casarse y allí se formaron dos bandos. Los que apoyaban el casamiento y los que decían que era una locura. El mayor argumento de los opositores no era la condición de afecto a las copas de Toribio, sino la supuesta tontees de Magdalena. Temblaban en pensar que algún día quedase embarazada. En el Club Social, único lugar respetable de reunión, se llegaron a dar discusiones de tal calibre que en una oportunidad derivó en una complicada pelea a trompadas y patadas. La solución y aquietamiento de las aguas llegó de mano de la palabra oficial de la Iglesia. El cura Biglietti en la homilía del domingo y a partir de una cita de La Biblia dio a entender, claramente, que apoyaba la unión de los feligreses. Desde ese momento todo el pueblo se encolumnó en pleno apoyo a los novios y no se escatimaron esfuerzos para ayudarlos. Lo primero, para las mujeres, fue preparar la boda. En cambio los varones se la ingeniaron para alquilarles un cuarto con baño y cocina compartida en la pensión de Don Escudero y con la promesa del propietario de avisar por cualquier cosa que hiciese falta. La comisión de apoyo económico al futuro matrimonio la encabezó el farmacéutico. El comisario, lo reemplazaría en caso de ausencia, para evitar la acefalía. Además vigilaría la conducta de Toribio. Los demás notables de la comunidad se apresuraron a compartir el compromiso con, en algunos casos, interesantes sumas de dinero
El día del casamiento se los vio venir a la ceremonia religiosa en un hermoseado coche de plaza que conducía, orondo, Don Félix, decano de los cocheros del lugar. Magdalena lucía un hermoso vestido blanco confeccionado por las hermanas del Socorro Perpetuo. Sobre su cabeza el inefable moño, en este caso de color rosa y un tul que ocultaba su rostro moreno. Se adivinaba el nerviosismo que le producía la presencia de casi todo el pueblo que había venido para no perderse detalle. A su lado Toribio lucía un impecable traje azul marino, un poco grande para su talla, pero que el llevaba con notable elegancia. En la solapa un clavel rojo como marca de distinción. Toribio mostraba su señorío en un gesto mezcla de adustez y complacencia.
Todo salió muy bien. La ceremonia, sencilla y emotiva. Los esponsales a la altura de lo que se esperaba de ellos. Una Magdalena sonriente se descubrió al levantar el novio el tul que velaba su rostro y darse el beso, que un desubicado, pidió a viva voz. Hubo un brindis en la casa parroquial al cual estuvieron invitados la comisión económica y sus esposas, además de algunos notables que por diversos motivos concurrieron solos. Pasados estos momentos memorables todo volvió a la rutina. Toribio también volvió a la rutina. Su única habilidad era la guitarra y cantar. Con eso contaba para subsistir. Todas las noches salía para los boliches a eso de las diez y con la promesa siempre incumplida de no volver después de las cuatro y… sobrio.
La cuestión es que a eso de las cuatro y media, Magdalena, comenzaba una recorrida por los bares donde “actuaba” Toribio. Su figura se hizo costumbre. Ya no llevaba sus espléndidos moños pero su carita no perdía su expresión bondadosa. Aquel mote de “la loca de los moños” se lo había llevado la nueva realidad. Solía asomarse a la puerta de los boliches con una sonrisa ingenua y preguntaba:- ¿no lo han visto a él? Nunca faltaba alguno que dijese, haciéndose el ignorante:-¿y quién es él? Entonces Magdalena contestaba con expresión enamorada:-¡al hombre cantor! Si la respuesta era negativa saludaba y salía con paso lento rumbo al próximo bar.
Toribio nunca fue de jugar a las cartas. No le interesaban o no sabía jugar. Lo suyo era la música y el canto. Tampoco era ya del vino. De a poco y con mucha voluntad lograba no emborracharse. Salvo los sábados en que se daba ese permiso. En la discusión por una diferencia de apuestas él no tuvo ninguna participación. Al menos es lo que decían los defensores de la inocencia de Toribio. El otro bando sospechaba que el músico había intervenido en el juego haciendo señas y delatando las cartas. La noticia, a pesar de la hora-fue a las cuatro y media de la mañana- se supo de inmediato. Quizás porque en el bar se encontraba un locutor de la radio FM de la localidad o sino por esos inexplicables medios invisibles que hacen correr las malas noticias. Toribio fue apuñalado por la espalda y murió después de una corta agonía, tirado entre un revoltijo de sillas y mesas.
Magdalena esa noche se había quedado dormida.
Juan José García Zalazar