lunes, 26 de abril de 2010

El acompañante


El acompañante.


En varias leguas a la redonda de la Estancia Santa Rita, se sabía que no eran épocas de andar hasta muy tarde. Ni mucho menos alejarse de las casas. En toda la comarca la noticia hacía rato que se conocía. Todos hablaban de lo que estaba pasando. Lo hacían en voz baja y con cierto temor. Aunque, la peonada no podía disimular ante el capataz, cierto regocijo.
Lo que se decía era que por el valle del Conlara se había visto a Mate Cocido. Reconocido bandido y por cierto muy temido y también admirado. La chusma, como solía decir mi abuela, lo reverenciaba. Era su costumbre asaltar, robar y repartir parte del botín entre el pobrerío y si había resistencia, no dudaba en descerrajarle un tiro al asaltado.
Los dueños de los campos al solo escuchar su nombre, se llevaban la mano a la rastra verificando tener el chumbo y de paso mostrar, por las dudas, que estaban dispuestos a defender sus bienes. El miedo era evidente. A Mate Cocido, según los hacendados, había que matarlo donde se lo encontrase.

El capataz maldecía mientras recorría la distancia que le quedaba hasta el pueblo.
¡Justo ahora se tenían que quedar sin kerosén...! La culpa la tenía el boyerito nuevo, encargado de que no faltase. El pobre no sabía calcular bien y los grandes tachos estaban vacíos.
La tardecita anunciaba la llegada de la noche. Tendría el tiempo justo para llegar hasta el almacén del gringo Pollini y pegar la vuelta. Había atado al sulky un alazán que era una luz. Por eso lo eligió. No le causaba ninguna gracia salir a esa hora. Poco le importaba lo que los peones estarían diciendo con relación a su escaso coraje. Pero le daba un poco de rabia. Cuando pidió un voluntario para ir al pueblo, todos se hicieron los tontos.
Mate Cocido según la gente, era alto, de pocas carnes, ojos zarcos, un poco encorvado y manco. La mano derecha se la había cortado él mismo para zafar de los grilletes que el ejército le puso para llevarlo como “voluntario” a la guerra contra el indio. Se escapó a la noche, no sin antes degollar al milico que estaba de guardia y quiso pararlo. Dicen que allí comenzó su rebeldía. A los dieciséis años.

El gaucho que esperaba a la orilla del camino era alto y flaco. Le hacía señas de que parase. El capataz, pensó en lo peor. Pero paró. Pudo más el temor.
-¿Va para el pueblo, no?-le dijo el inesperado acompañante mientras le extendía, a modo de saludo, la mano izquierda y ponía su pie en el estribo. Ni se molestó en preguntar si lo llevaba. Decididamente se sentó en el pescante.
-Mucho gusto-contestó Don Gervasio con un hilo de voz. Cuando pudo dominar sus nervios y aparentando tranquilidad le preguntó:
-¿Está trabajando por estos lados?
-No, de paso nomás-contestó el hombre. Luego calló.
El capataz arriesgándose un poco más, le comentó:
-Ud. sabe que tiene suerte de encontrarme, porque a esta hora ya nadie sale al camino. Dicen que Mate Cocido anda por estos pagos. En cuanto terminó de decir la frase se dio cuanto que había metido la pata. Ya era tarde para arrepentirse. El hombre fijó sus oscuros ojos azules en los del conductor y pausadamente le dijo:
-Ud. no se haga problema, que si está conmigo, nada le va a pasar.
Gervasio sintió una rara sensación, mezcla de temor y también de alivio. Estaba seguro que viajaba en compañía del asesino mas buscado por la policía. Nunca supo muy bien porque, pero lo que dijo después, durante mucho tiempo lo hizo sentir culpable.
Le dijo, como avisando:-Solo tengo unos pocos pesos para el kerosén. Tendría que haber traído más, para comprar algo de yerba y harina.
El desconocido le clavó una dura mirada y lentamente llevó su mano en dirección al facón que asomaba en su cintura. El corazón del capataz se detuvo. Hasta aquí llegué, pensó. ¿Por qué no me habré callado? Entonces vio que el hombre sacaba un puñado de billetes del bolsillo y sé los ofrecía.
-Aquí tiene, no se quede con las ganas y tómese unas copas a mi salud. Y pare, que aquí me bajo-ordenó con gesto hosco.
Se apeó y desapareció entre los altos churquis de la orilla del camino.
Don Gervasio asegura que al ratito sintió un tropel que se internaba en el campo. Varios hombres lo estaban esperando en el monte.

Los billetes nunca los gastó. Los tiene en una cajita de madera que pasará, seguramente, de hijos a nietos. Dice que desde entonces le traen suerte.
Y así debe ser, porque al día siguiente, la noticia corrió con la velocidad del rayo, la estancia lindera, la de Don Tomás, fue tomada por asalto por un grupo de gauchos, quienes además de llevarse todo lo de valor, no vacilaron en degollar la caballada, para que no se armase una partida que saliera en su persecución.

Don Tomás, casi tiene el mismo fin. Mate Cocido paró en el último instante, la puñalada de unos de sus subordinados, enojado con el estanciero porque se resistía a entregarle la rica rastra de monedas de plata.

Juan José García Zalazar

lunes, 12 de abril de 2010

Desición



Jamás quise ser artista. Sufro como nunca cuando tengo que salir al escenario. Te mentí durante quince años. Te he sentido siempre como un carcelero a pesar de que te presentes como mi ángel protector.
Cada vez que piso las tablas con mis pies, dejo un poco de mi vida. No me produce ningún placer. Miro al público e imagino que todos son felices. Vienen a ver lo que les gusta. Me miro y veo lo que no quiero ver. Hoy no me gustó mi actuación. Mi actuación en la obra y en la vida. Hoy dejo de ser artista y quiero que vos seas el primero en saberlo.
Siempre me tocó hacer los papeles más difíciles y lo hacía con agrado. Pero todo se fue haciendo cada vez más complicado. Más aún cuando estaba irremediablemente solo. Ninguna ayuda de tu parte fue posible. Lo que construimos juntos, tuvo un solo motor, mi esfuerzo. Debo reconocer que me faltó valor para revertir el proceso. Siempre tuve una excusa a mano.
.
El sufrimiento y la pena me han invadido. El momento ha llegado nuevamente. Esta vez no lo desperdiciaré. Dejaré la actuación.
Creo, que en realidad, esta decisión ya la habías tomado vos. Y no es que yo deje todo, sino que vos hacés que yo deje todo.
Pero querido amigo, aún tengo un recurso y todavía me queda algo de valor. No te la llevaras tan liviana. Hoy dejo de actuar. ¿Así lo querías, verdad?
Pero te llevaré conmigo. Esto que guardo en mi bolsillo no es de utilería. Esa la dejé hoy en el vestuario. Esta tiene dos balas y espero ser tan certero, como certera fue tu decisión de apoderarte de mí.

Juan josé García Zalazar



Breve historia del “ratón” Gómez (empleado municipal)


Una esquina era la terminal de colectivos en el pueblo. Recién veinte años más tarde se construyó un edificio destinado a ese fin. En ella había un importante comedor. El de Don Tito y su mujer. Los ómnibus salían de allí a otras poblaciones del oeste cordobés. Las veredas estaban hechas de pedazos de piedra laja. Las juntas entre ellas, tenían profundos huecos de tanto en tanto. Eran las cuevas de los ratones que por allí pululaban.
Para muchos serranos llegar hasta la ciudad, era un acontecimiento. Se instalaban en el bar de Don Tito (que nunca cerraba) por un par de días con sus noches. Ocupaban una mesa y se emborrachaban mansamente. Solo se levantaban para ir a orinar. Las jaulas con las gallinas y las bolsas con cabritos recibían las mínimas atenciones. Un poco de maíz y agua. Conversaban todo el tiempo. Cada tanto con gritos y carcajadas celebraban algún encuentro. O guardaban silencio con tristeza. Uno entonces pensaba, que se acordaban de algún amigo muerto.
Esta bucólica vida se veía empañada por la insolencia de las ratas. Cada vez eran más. Al principio se las veía salir de noche. Más tarde, a pleno día, con sus gordos cuerpos encorvados. Cuando lo viajeros se descuidaban, alguna intrépida subía a los bultos, husmeando, en busca de comida. El grito de las mujeres producía la rápida huída, pero por poco tiempo. Al rato aparecían, nuevamente, olfateando el aire.
Gómez era el empleado municipal que tenía a cargo la “terminal”. Su impresionante gorra gris con visera negra, y una chapa de bronce que lucía en el pecho, lo investían de autoridad. A él acudían los que tenían algún problema. Entonces sacaba una enorme libreta de tapas marrones y procedía a “labrar el acta” según decía. Nunca dijo que pasaba después, pero la gente descontaba, que por lo menos el Intendente, seguro, se enteraba. La queja adquiría, entonces, rango institucional. La seriedad de Gomez y sus inquisitivas preguntas, garantizaban que se hacía lo que correspondía.
Pero el problema de las ratas no se solucionaba con “levantar el acta “.No alcanzaba.
Una noche un parroquiano, fue mordido en un dedo del pie, que asomaba elegantemente de su alpargata, por una enorme rata gris. El hombre saltaba y pateaba al aire con el ratón prendido a su falange. Luego se sumó otro caso por demás desagradable. La mujer de Don Tito nunca fue muy higiénica y no disponía de mucho menaje, pero dentro de la escasez imperante, se las arreglaba para dar de comer.
El caso es que, se encontró dentro de un plato de locro, entremezclada con los pedazos de carne, una cría de rata. El hombre se dio cuenta cuando no lograba desmenuzar en su boca, este rebelde trozo y lo sacó para cortarlo con el cuchillo. La Municipalidad tomó cartas en el asunto. Se decidió ahogarlas en sus madrigueras. El operativo estuvo a cargo de Don Gómez. Un viernes a la tardecita llegó el camión regador con sus mangueras y una cuadrilla de peones. Si intentaban escapar serían muertas a palazo limpio por los fornidos muchachos municipales. Llegaron, sacaron el mate y las “rasquetitas”, en espera de órdenes superiores. Gómez no había arribado aún. Se rumoreaba que llegaría acompañado por el Intendente y el Secretario de Obras Públicas. Las elecciones serían pronto y el Lord Mayor quería dar muestras de buena administración. Estaba en juego su reelección.
El auto oficial frenó frente al camión. El Intendente se bajó de inmediato, se quitó el saco y tomó un pedazo de hierro macizo de un metro de largo. Mirando de reojo a los numerosos vecinos adoptó posición napoleónica y dio la orden precisa.- ¡Vos Gómez quedate a mi izquierda, Negro, vos a mi derecha!- y luego levantando la voz gritó:-¡Échenles agua a esas mierdas!
Alrededor de las cuevas, apostados con gran nerviosismo, esperaban los empleados. Los músculos tensos y la vista clavada en los agujeros. A la media hora salió la primera. Su cabeza mojada fue destrozada por el certero palazo. Al poco tiempo decenas de ellas salían por todos lados. Las que lograban escapar de los palos, sucumbían en las fauces de los perros que se habían sumado a la algarabía general. De donde no salía ninguna, era de la cueva que vigilaba el Intendente y sus amigos. Allí la tensión aumentaba segundo a segundo. El fotógrafo que,”casualmente” pasaba por allí, se aprestaba sacar la foto que inmortalizaría la acción de gobierno, en el diario Nuevos Rumbos. Al fin, un borboteo, indicó la inminente aparición del roedor. Salió de golpe y escapó a gran velocidad corrido por el Intendente y Gómez. En un momento dado, paró y los enfrentó. Allí el político aprovechó para tirarle un potentísimo “fierrazo”, con tan mala suerte que se le atravesó un perro y le desvió el golpe a la “canilla” de Don Gómez. Se la quebró en dos partes.
En el Hospital, el practicante de guardia hizo lo que pudo. La intervención, le dejó tres centímetros mas corta una pierna que la otra. Por eso al municipal se lo debería haber apodado “el rengo” Gómez. Sin embargo por ese incidente en la batalla contra las ratas, a este hombre digno y generoso, se lo llamó desde entonces “el ratón Gómez”, y a sus hijos, los “ratoncitos Gómez”.

El Intendente fue reelecto con más del sesenta por ciento de los votos. A los meses ya se candidateaba para Senador.


Juan José García Zalazar

jueves, 25 de marzo de 2010



Otoño


En tus ojos tristes, la melancolía
En tus manos, la placidez
En tu andar cancino, la quietud

En tus gestos, la espera
En tu sonrisa, la calma
En tus abrazos, la calidez

¿Entiendes entonces, mujer,
porque otoño hoy te llame?

Juan José García Zalazar (21/03/10)

martes, 23 de marzo de 2010


El hallazgo


El camionero avisó al puesto de Gendarmería de Los Penitentes a las cuatro de la mañana. El frío arreciaba y la nieve no dejaba de caer. Quizás por eso, los gendarmes se demoraron un poco en trasladarse a ver las huellas, de lo que parecía ser un desbarrancamiento a unos siete kilómetros hacía abajo.
Al llegar, el Sargento Guzmán se bajó, miró la densa niebla, puteó al gobierno, que nunca les mandaba las linternas rompe-nieblas y busco las sogas de la caja de la camioneta.
Llamó al aspirante Rodríguez, y entre ambos empezaron la maniobra para descender a la profundidad del precipicio.-Tené cuidado, Rodríguez, a ver si todavía te tengo que pagar como bueno.- le advirtió el Sargento, mientras él mismo patinaba en la greda húmeda de la montaña.
Con mucho esfuerzo bajaron. Era un R-12 rojo. El primero en llegar, fue el aspirante que le gritó a su robusto superior:
-¡No hay nadie mi Sargento!, ¿pero sabe qué? ¡El baúl esta soldado!
-¡Carajo!-dijo Guzmán- voy a tener que ir al puesto a buscar la amoladora. Vos quedate acá, que en hora y media estoy de vuelta. ¡Ya vengo!-gritó, y se fue.
A la media hora, el novato aspirante, pensó que tenía que hacer algo para combatir el frío y el aburrimiento. La soldadura no parecía tan fuerte y piedras lajas había por todos lados. Agarró una bastante afilada y empezó a pegarle en uno de los puntos soldados. El primero le costó. El segundo no tanto, y calculó que con su bayoneta podía hacer palanca.Así lo hizo.
La puerta del baúl se abrió apenas unos centímetros y por allí miró. Veía un cuerpo. No se movía. Estaba de espaldas, todo vestido de negro.
Le habló. El silencio fue la única respuesta. Insistió. Nada. Entonces pensó en lo peor.
Necesitaba más luz. Tomó otra piedra y siguió golpeando la soldadura. Para colmo esta era una costura mucho más gruesa. En efecto la piedra pronto se desgranó.
Buscó en los alrededores una de cuarzo, más dura, y siguió pegándole. La soldadura cedió, y pudo ver algo más. El cuerpo tenía las manos atadas con alambre de púas. Finos hilos de sangre se habían deslizado sobre su piel trigueña.
El Aspirante José Rodríguez, a los de diecisiete años, sintió una sensación en el estómago que nunca antes había experimentado. Respiró hondo. Miró a sus espaldas. La neblina ocultaba el entorno. El silencio, era abrumador.
“Porque no me habré ido con el sargento”, pensó.Pero estaba en el baile y tenía que bailar. Juntó coraje, y siguió golpeando. El rítmico golpeteo se confundía con los latidos de su corazón.
De golpe, con un brusco movimiento, el baúl se abrió.
El cadáver llevaba una sotana. El bisoño gendarme se dio cuenta de que sus piernas le temblaban y tenía la boca seca.
El sacerdote, en posición fetal, le daba la espalda. Tendría que darlo vuelta él solo.
Con mucho cuidado, lo tomó de un hombro y una cadera, y lo giró. Parecía un maniquí.El curita no tendría más de treinta años y su cara estaba desfigurada por una tremenda costura de gruesas puntadas que le cerraban la boca.
-¡Dios mío, que mierda es esto! –dijo el Aspirante, y retrocedió unos pasos, con la mirada fija en ese rostro.- ¿Y ahora que hago?
Permaneció unos segundos sin moverse, observando aquello, en silencio casi religioso. Luego, se acercó lentamente. Entonces se dio cuenta de que el sacerdote tenía la boca abultada. Habían puesto algo dentro de ella.En eso sintió el ruido de la camioneta del destacamento que llegaba, y un rato mas tarde los resoplidos del Sargento descendiendo.-Che, no te me habrás muerto de frío ¿no? Te traigo café, bien calientito.- le oyó gritar.
Un cuarto de hora mas tarde, el Sargento estaba anoticiado de todo y tan asustado como su joven camarada. El aspirante insistía:
-Fíjese mi Sargento que tiene la boca abultada, adentro tiene algo. ¿Qué será?
-Mirá, pibe, ese no es problema nuestro. Lo llevamos al destacamento y avisamos a Mendoza. De él se encargará el médico forense.- dijo el suboficial disimulando su confusión.
Y fue lo que hicieron.


Juan José García Zalazar

Raúl




Su mundo se reducía a las cuatro manzanas alrededor de la Iglesia de Santo Domingo. La familia, eran sus tres perros. Los cuidaba como si fueran sus hijos. Y ellos lo cuidaban a él. Porque dormir en el rellano de un viejo edificio en las noches de invierno, con la ciudad casi desierta era muy peligroso.
Raúl, el ciruja, siempre estaba de buen humor. Tenía un par de fieles amigos, con los que se daban una mano. A veces le ayudaba a Víctor, que juntaba botellas en un carrito. Víctor decía, deliraba, que era un empresario. Que tenía muchísimo dinero en un banco, pero que prefería empezar desde abajo, en este emprendimiento del vidrio, como hizo Rockefeller. A Víctor cada tanto lo invadía la tristeza. En esos momentos su amigo Raúl aparecía, con su compañía y sus palabras.
Y después estaba la María. ”La mujer más hermosa de la Tierra y sus alrededores”, como gritaban a coro Raúl y Víctor cuando la veían.
La María les contestaba: -¡Ahí están los dos más locos de Córdoba. Un día de estos me la creo y no les doy mas bola!-mientras sonreía mostrando sus tres dientes de abajo y los dos de arriba. Ella no dormía en la calle. Tenía una hermana. Pero si vivía en la calle.” Es mi forma de ser libre, decía.”
Cuando alguno de sus amigos se enfermaba, la María se las arreglaba para conseguir las muestras médicas. La María era “de fierro”. Aunque siempre le criticaba a Raúl la compañía de sus amados canes:-Te van a llenar de pulgas. Te van a contagiar la sarna. Y algún día te van a morder”- le decía. Raúl se indignaba. Le quería hacer entender que no era así. Que eran nobles, los encargados de que nada le pasase, que eran sus ángeles de la guarda. María no entendía. O no quería entender.
Llegó junio y empezó a bajar la temperatura. El año pasado la Municipalidad les había repartido frazadas a la gente que vivía en la calle. Este año seguro que harían lo mismo.
Una noche pasaron los empleados municipales. Le dejaron tres frazadas y comentaron que se anunciaba un invierno crudo. Le dijeron que para julio lo mejor sería que durmiese en el Refugio Nocturno. Ellos pasarían todas las noches para llevarlo, si quería. Raúl preguntó si lo dejaban entrar con sus perros. Le dijeron que no. Y entonces, como era de esperar, declaró:
-¡Si ellos no entran, yo tampoco! Las primeras noches de frío fueron aguantables. Sus animalitos se acostaron a su alrededor, y con unos cuantos cartones y las frazadas no la pasaron tan mal.

Hoy había estado frío todo el día. Por eso se sentía melancólico. Estuvo pensando en la María. Llevaba semanas sin verla. Se acordaba de lo mucho que habían conversado, como se habían entendido. ¿Qué hubiera sido de él, solía pensar, si la hubiera conocido antes? La primera vez que la vio se sintió impactado, le gustó su simpatía, su risa fácil...
Ya estaba oscureciendo, y se estaba levantando viento. Los perros se acurrucaban alrededor de él. A lo mejor podrían salir de la calle juntos, sin perder la libertad.
Había caído la noche.

En una de esas, suerte mediante, podrían haber tenido una familia. La María, según comentarios, supo trabajar en un hospital. Se decía que era médica. El nunca le preguntó. En el código de la calle lo que no se cuenta, no se pregunta.
El frío estaba apretando. Mejor abrigaba bien a los perritos.
Sentía un gran cariño por ella. ¿Por qué nunca se lo dijo? La próxima vez que la viera, juntaría coraje y se lo diría.
La noche era brava. Se tapó prolijamente con todos los cartones, y se durmió.
Entró dulcemente en el sueño. En un bellísimo sueño. Ahí estaba María, hermosa, con un vestido blanco atendiendo a dos niños. Sus hijos, seguro. Otra niña jugaba con Mancha que la tironeaba del vestidito, mientras el Poroto y el Duque miraban atentos para entrar en el juego. Víctor cebaba unos mates. Estaban en el campo. La tibieza del aire, el verde follaje, todo indicaba que el invierno, al fin había pasado. La escena hizo que una sonrisa se dibujase en su rostro.


Los empleados municipales recién pudieron hacer arrancar la camioneta a las tres de la mañana. Todo por un problema con la batería que no se aguantó los seis grados bajo cero que hizo durante la noche. Encima con un viento que parecía la Siberia. En la recorrida, el descanso del viejo Banco Hipotecario, hogar de Raúl, era la parada numero seis.
Lo encontraron quieto, muy quieto, rodeado, por sus fieles amigos, Todos bien arropaditos con las frazadas. Mientras Raúl, dormido para siempre, con una amplia sonrisa, comenzaba su nueva vida, con su entrañable María.


Juan José García Zalazar

domingo, 28 de febrero de 2010

Pequeña historia de amor

La clase en el secundario se desarrollaba como siempre, tediosa, eterna.
El profesor de historia comentaba que el General San Martín, jamás se apropió de los bienes de los españoles vencidos, porque creía que no era un botín del que había que apoderarse. Fue entonces cuando uno de los alumnos aprovechó, para decir con esa crueldad de adolescente: “¡Como los botines de Gutiérrez!” y la carcajada fue general.
Gutiérrez era uno de nuestros compañeros del nacional, estudioso y responsable. Su padre, por esas cuestiones burocráticas, no lograba que le pagasen la jubilación y a su edad nadie le daba trabajo como la gente. En su casa no había un peso para nada, menos para comprar zapatos. Por eso Gutiérrez iba al colegio con un par de botines de su papá y era notable que le quedaban grandes. No había manera de disimularlo. Todos los demás usában mocasines. Gutiérrez nunca antes se había sentido tan herido. Pero lo que realmente le dolió, era que la burla la hubiese escuchado una de sus compañeras, Cecilia. Desde que la vio se enamoró perdidamente. Bastaba que mirase para su lado para que sintiera vergüenza. Era demasiado linda.
Cecilia una sola vez le habló. Lo hizo con tanta dulzura que ya nunca mas se pudo olvidar de ella. Y eso que solo le preguntó una duda que tenía en matemáticas. Esperaba que no se hubiera dado cuenta del temblor de su voz cuando le contestó. La timidez siempre lo traicionaba
Por eso se la juró al burlista. Lo esperaría a la salida y lo retaría a pelear en el baldío de la vuelta. La macana que su compañero y ahora odiado rival, era como veinte centímetros mas alto y con un físico de una persona totalmente desarrollada. Jugaba al rugby en el único club del pueblo. Pero si algo le sobraba a Gutiérrez era orgullo y una clara inclinación al suicidio.
En el último recreo le dijo que lo esperaba en el campito y que no le dejaría un diente sano. La risotada de Moreno, que así se llamaba el rugbier, preludió la contestación: “Dale, que hoy tengo que hacer un poco de ejercicio”
La noticia corrió por todo el colegio en pocos minutos. En la puerta una verdadera muchedumbre rodeo a los contendientes que se encaminaron al campo del honor.
Gutiérrez tenía mucho miedo, solo la bronca lo empujaba. De ella sacaba el coraje para no dar la vuelta y salir corriendo. Además, estaba Cecilia. Se sentía un gladiador y tenía la secreta esperanza de poder ganarle a esa masa de músculos y que ella al enterarse, se fijase en él.
La primera trompada de Moreno, en realidad fue a traición, ya que Gutiérrez ni en guardia se había puesto. Aunque de poco le hubiera valido. Trastabilló pero no se cayó. La segunda que le pegó lo dejó medio desorientado, pero tampoco se cayó. Alcanzó a largar un puñetazo que se perdió en el vacío y recibió otro en plena nariz. La sangre caliente corría hacia su boca, la sintió salada. La vista no le obedecía bien. La figura del gigantón se ponía cada vez más borrosa. El próximo golpe fue en el mentón. Le pareció que un caballo lo había pateado. Cayó. El par de zapatazos en las costillas casi no los sintió. El suelo era blando, los sonidos sordos, los brazos no le obedecían y parecían de manteca. No le servían para pararse. Todos a su alrededor se reían y de a poco se iban yendo. Y él allí, tirado, solo, y más herido que nunca.
Una mano le tomó la cabeza y la apoyó sobre algo blanco. Parecía un guardapolvo. Era suave y tibio. Lentamente se dio cuenta que estaba apoyado sobre una falda y que un pañuelo, amorosamente, le limpiaba la cara. Y comenzó a dudar si se encontraba en la tierra o en el cielo, porque su mirada, aun nublada, le dejo ver la carita de Cecilia.
Y ella estaba llorando.


Juan José García Zalazar (2007)