jueves, 19 de agosto de 2010

Nadie sabe nada




Nadie sabe nada. Hablan por hablar. Solo nosotros dos sabemos realmente porque pasó lo que pasó. Ni saben que la Llorona tenía nombre como cualquier cristiano. Se llamaba Ramona.
Yo no se porque, pero que la gente viva en la calle en las grandes ciudades, parece que es normal. Casi como una “nota de color”, como dicen los de la televisión.
Pero que en un pueblo chico pase lo mismo, solo significa que la gente no tiene corazón. Sino la Llorona no tendría que haber estado tirada en la estación del ferrocarril .Muriéndose de calor en el verano. Temblando bajo las chapas heladas en los crueles inviernos como ninguna persona debería temblar. No hacía mal a nadie. De vez en cuando se le daba por ir al centro y sentarse en cuclillas en la puerta del banco .Entonces se ponía a sollozar. Silenciosamente, casi como pidiendo permiso.
El empleado del ferrocarril fue quien nos dijo que lo mejor que podíamos hacer por ella, era comprarle una muñeca. Nos contó que Ramona atesoraba en una caja de cartón, dos bebes de plástico a los que bañaba con infinita ternura todas las tardes. No tenían ropita. Por eso compramos, juntando la plata entre los dos, esa muñeca, primorosamente vestida, con unos hermosos zapatitos blancos y el cabello peinado en dos trenzas. El día que se la dimos, la miró, la abrazó y mientras la acunaba nos miró con esos ojos que jamás podré describir. Al ver los dos caminitos que hicieron las lágrimas al bajar por su rostro, sentimos pena y satisfacción. Supimos que Ramona era feliz.
Ahora solo tengo una gran bronca. Tengo odio y no se a quien. Me gustaría saber quien le robó los muñecos. Quien se los quemó en el basural. Quien fue la bestia que lo hizo. Por eso digo que la gente no sabe nada y que hablan por hablar.
No fue un accidente. La camioneta que la atropelló solo la mató por segunda vez.
Cuando la Llorona cruzó la avenida, hacía rato que estaba muerta.

Juan josé García Zalazar

sábado, 17 de julio de 2010


Solo sabía trabajar

Los Reyes Magos siempre llegaron por mi casa. Cumplíamos con todo lo que había que hacer para que nos dejasen los regalos. Les poníamos de pasto para los camellos, unos miserables ramitos de gramilla y un tarro de veinte litros con agua.
Toda la semana nos portábamos bien. Mi mamá se encargaba de recordarnos que si hacíamos alguna macana los reyes no vendrían. Y yo apostaba fuertemente a que me traerían lo que tenía pensado desde hacía más de un año. Quería una caja que había visto en el almacén de Don Chicho. El taimado comerciante la colocó a la altura de los ojos de los niños. No había modo de no verla. La caja tenía unos veinte soldaditos de plomo, un tanque de guerra, dos jeeps e infinidad de bombas, granadas y pertrechos. Una maravilla para esa etapa bélica de mi niñez.
Escribí la carta con mi mejor letra y sin ningún borrón. Mi papá la echaría en el buzón del correo, en el centro. En el barrio había otro buzón pero era comentario entre mis amigos que se podía extraviar. Por eso lo atormente para que la llevase al Correo Central.
Además, como todos los años, estaba dispuesto a aguantar el sueño para espiarlos y verlos. Sabía el riesgo que corría. Si me veían no vendrían nunca más por mi casa. Eso estaba bien claro. Pensando en eso deje corrida la cortina que da al patio. De ahí los podría mirar sin que me vieran. Ahora se trataba solamente de esperar la llegada de la mañana.
Cuando desperté (¡otra vez me había quedado dormido!) salí presuroso al patio. Lo primero que vi fue el agua derramada y el pasto que no estaba, clara evidencia que los camellos estuvieron allí. Además sentí perfectamente el olor de sus cuerpos. Era un olorcito parecido al de los caballos cuando han transpirado, se veía que recién habían pasado. Sentí una extraña sensación cuando de pronto vi, al lado de mis zapatillas, una bolsita, en vez de la gran caja de cartón.
La tomé, la abrí y dentro encontré seis soldaditos de plomo. Solo seis… Por primera vez en la vida supe lo que era la desilusión.
Los tomé y me fui a sentar en el cordón de la vereda.
En la garganta tenía algo que me apretaba como si hubiera un montón de cosas que quisieran salir de golpe pero no pudieran pasar. Me alivié un poco cuando el llanto, al fin, pudo abrirse camino. La sombra de mi papá me cubrió y cuando preguntó que me pasaba, tuve que decir una mentira. Le dije que un chico se había burlando de mí diciéndome: “¿esa porquería te trajeron?”. Mi viejo me miró, no dijo nada y se fue. Al ratito vi que salía en su bicicleta.
No me acuerdo cuando volvió con la caja, pero si me dijo que los reyes a veces estaban muy apurados y leían mal las cartas, por eso se equivocaban y habían dejado los juguetes en otra casa. Me di cuenta que los había comprado él, pero no quise preguntar de donde había sacado la plata. Mi viejo era uno de los despedidos de la curtiembre y hacía un par de meses que no conseguía trabajo.


Hace un par de años, mientras conversaba con mi hermano mayor, miraba como jugaba distraídamente con su anillo. Lo hacia girar en el dedo y me hizo recordar que mi papá no usaba alianza.Mi mamá sí.
Cuando éramos niños le había preguntado a mi hermanita, que lo sabía todo, porque papá no tenía anillo y me contestó que tenía, pero se lo sacaba porque le molestaba en el trabajo. Se jubiló trabajando en una fábrica de pistones. Su respuesta nunca me conformó del todo.
Esta vez le hice la misma pregunta a mi hermano. Y la respuesta fue distinta. Me dijo que el viejo se lo entregó a un juguetero en prenda cuando éramos niños. Cuando pudo juntar el dinero para rescatarlo, el comerciante ya lo había vendido.
Luego agregó, con un gesto de reproche: “papá nunca fue bueno para los negocios… solo sabía trabajar”.

Nunca me sentí tan bien como después de la trompada que le di. Aún ahora, cada vez que me acuerdo, me felicito. Y se la volvería a dar.


Juan José García Zalazar

Mi tía Esther

Don Juan, terrateniente del lugar, ganadero y dueño de hornos de carbón falleció, inesperadamente, en el año 1929. Dejó a la viuda y sus cuatro hijas en total ignorancia de los negocios que él, personalmente, manejaba. De inmediato una nube de abogados, prestamistas y supuestos acreedores, aparecieron como buitres abalanzándose sobre la fortuna “vacante”.
Se llevaron, ardides mediante, dos tercios de la estancia. La única que les hizo frente fue la tía Esther. Era la mayor y de alguna manera, se había preparando para una ocasión como esta.
Era alta. Caminaba erguida. Desafiante. Su espalda, una tabla. Jamás una risa. Su gesto adusto solo se suavizaba cuando se dirigía a mí. En esa ocasión ensayaba una especie de sonrisa nerviosa. Me hablaba como si yo fuera una persona mayor y solo tenía ocho años. Era mi madrina.

Tía Esther era la encargada de ir al pueblo una vez al mes para comprar las cosas de almacén. El día anterior al viaje se realizaban preparativos de todo tipo. Nada quedaba librado al azar.
El mismo día, Esther y su hermana Florencia se levantaban casi al alba. Y comenzaban a emperifollarse. Se espolvoreaban en la cara un polvillo claro que despedía un profundo aroma a rosas. La noche anterior se colocaban unos ruleros en los extremos de sus cabelleras, de tal modo que al sacarlos les quedaba una especie de salchicha alrededor la cabeza. Se pintaban los labios y con la misma pintura, fabricaban una especie de rubor en los cachetes. Usaban como cejas, unas líneas delgadísimas. No se como las hacían.
Florencia era muy hábil con el telar y la costura en general, por lo que toda la ropa se confeccionaba en la casa. Los modelos los sacaban de revistas de años anteriores. Parecía que solo ellas no se daban cuenta que llevaban la vida de hacía treinta años atrás.
Tía Esther era la única que manejaba dinero de todas las hermanas, porque daba clases de manualidades en un colegio Eso le daba poder. Se hacía lo que ella disponía.
Solo una vez me dejaron acompañarlas a la ciudad a comprar. Y allí vi que tía Esther no compraba, ordenaba. Sacaba una hoja de papel, no preguntaba precios y al dependiente, que parecía acostumbrado, le hablaba con tono enérgico, casi como retándolo. Allí también me enteré que las llamaban “las Niñas Zaldivar”.Eran muy respetadas

Una noche, habrán sido las cuatro de la mañana, me despertó el ruido de corridas, gritos, y un par de estampidos. Me levanté, tomé la linterna y salí al patio . Allí, a la luz de los faroles de kerosén, estaban todas mis tías. En el suelo, arrodillado, un hombre con las manos en la cabeza mirando el piso. Mi tía Esther parada atrás de él apuntándole con un objeto metálico. No se distinguía bien que arma era. A unos pasos un facón de grandes `proporciones, tirado. Se veía que venían corriendo, con linternas, varios hombres de las casas mas cercanas.
El muchachón entre sollozos cada tanto decía: -¡No me mate, solo queríamos llevarnos unos aperos! Y mi Tía que le recriminaba: -¡No te da vergüenza, querer robar a unas pobres mujeres indefensas! ¡Pero no te voy a entregar a la Policía porque sos el hijo de Don Hortensio, que fuera empleado de papá! ¡Él sabrá que hacer con vos!
Llegaron los vecinos y lo ataron. Los otros dos ladrones se fugaron. Para ganar tiempo habían tirado un par de tiros al aire. El que estaba ahí, tuvo la mala suerte de tropezar en la oscuridad, y allí lo agarró mi tía. Quien en las penumbras le apoyó en la espalda una cuchara sopera y le dijo: -¡Si te movés te mato!

En la casa no había armas. Todas se habían vendido para pagar supuestas deudas del abuelo.
Faltaba de todo. Lo único que sobraba, era coraje.


Juan josé García Zalazar

lunes, 21 de junio de 2010


El Colorado Rompecadenas

Se lo veía por los alrededores del mercado de abasto. Al pasar para el colegio nos parábamos a ver su impresionante físico. El colorado tendría un metro noventa de altura y unos brazos tan gruesos como nuestras piernas. Era un bobo gigantesco. Cargaba dos bolsas de papa sobre sus hombros como si fueran dos almohadas de plumas. No se sabía cuántos cajones podía apilar sobre su humanidad. Siempre usaba la misma ropa. Un pantalón negro-grisáceo y una remera mangas largas que se arremangaba en el verano.Los verduleros se aprovechaban de su condición. Lo hacían trabajar por unos pocos pesos.
Los sábados, al cerrar el mercado, preparaban un singular espectáculo. Llevaban al gigantón al patio trasero, le envolvían los brazos con tiras de cadenas de esas que se usan para pasear a los perros y se apostaba para ver cuánto se demoraba en romperlas. El hombre, entonces, abría sus piernas y con un esfuerzo sobrehumano destrozaba los eslabones. Por eso se lo apodaba “el Rompecadenas”
Dormía en el mismo mercado, tirado sobre los restos de un colchón de lana. Con viejos cajones de madera improvisaba fuego para cocinar y darse calor en el invierno.
No se conocía muy bien su origen. Se decía que había llegado con un circo haciendo de monstruo. Algunos memoriosos contaban que aparecía con la cabeza tapada con una tela negra y con un pantaloncito imitación piel de tigre, arrastrando con su pierna una enorme bola de hierro y dando pavorosos rugidos. Un collar de metal le apretaba el cuello y desde allí una gruesa soga lo unía a su supuesto domador. A los pocos días de haberse ido el circo , apareció por el pueblo y un changarín lo llevó al mercado. Desde entonces nunca dejó de tener trabajo.
Un día un viejo acoplado se rompió y allí quedó. El dueño calculó que le salía mas barato dejarlo que arreglarlo. Ese fue el nuevo hogar del colorado Rompecadenas.
Al poco tiempo se convirtió en lugar de entretenimiento de los muchachones del pueblo. A la nochecita concurrían en patota a ver cómo, por unos pocos billetes, se masturbaba. Lo hacía con la concentración propia del deportista de alto rendimiento. Se levantaban apuestas para ver cuántas eyaculaciones lograba y en cuánto tiempo. Tenía un récord de nueve en dos horas y media. Comprobadas. Algunos hinchas fanáticos juraban que había logrado un total de doce en escasas dos horas. Nadie les creía, porque en realidad no eran testigos confiables.
El colorado lo único que exigía era tomar una coca cola cada media hora. Para él era un potente afrodisíaco. El espectáculo terminaba cuando se declaraba cansado y pedía los cinco sánguches de milanesa que invariablemente engullía al final.
Esta costumbre se terminó una noche cuando llegó la patrulla y detuvo al pobre por exhibiciones obscenas. Los espectadores recibieron una patada y la orden de que se fueran a sus casas. Desde ese día el Rompecadenas se quedó a vivir en la comisaría. Dormía en un calabozo. Se ocupaba de limpiar el edificio y cebarle mate al oficial de guardia, amén de lustrar las botas de cuanto milico se lo pedía. Algunos de los conocidos ladrones del pueblo se quejaban ante el Juez de que los policías lo usaban para que les pegase, en busca de información. El magistrado no les hacía caso. Daba por sentado que se trataba de una mentira más de los delincuentes.
Hasta que uno de ellos apareció ahorcado, colgado de las rejas El caso se caratuló de suicidio y no hubiera pasado a mayores si no fuera porque un médico forense descubrió que el preso había muerto por un derrame interno. En la autopsia encontró que tenía grandes hematomas simétricos a ambos costados del cuerpo y seis costillas fracturadas... Alguien con una descomunal fuerza le había propinado una tremenda paliza terminando con la vida del preso, dándole un formidable abrazo de oso. La deducción fue lineal, el autor tenía que ser el Rompecadenas.
En el juicio, por esas ironías del destino, se lo condenó a cadena perpetua. A los policías que estuvieron de guardia se los culpó de negligencia. Como el delito era excarcelable quedaron en libertad. Cuentan que el colorado sonreía bobaliconamente, contento al saber que en el pueblo no había cárcel y que podía seguir viviendo en el calabozo. El abogado defensor de oficio le explicó que todo había salido bien. Por eso se lo premiaba.

Rompecadenas murió al año siguiente de un balazo en la cabeza. Un agente le había prestado la pistola, supuestamente descargada, para que se entretuviese y se dejara de joder preguntando pavadas.
El Intendente donó un cajón para el entierro, de tan mala calidad que al bajarlo se desfondó. Nadie se preocupó. Ahí nomás lo envolvieron con una frazada y lo taparon con tierra.


Juan José García Zalazar

miércoles, 9 de junio de 2010

El colcón



El Colcón

Cuéntanos un cuento- dijeron los niños- alrededor del hogar. Un cuento que nos dé miedo, pero mucho miedo.
A mi juego me llamaron, pensó el abuelo, viendo en el viejo reloj que casi eran las once de la noche y sus nietos como si nada. Ni pizca de sueño.
Les voy a contar la historia del Colcón -dijo el viejo.
“Es un gran pájaro que vive en las montañas de aquí cerca. Sus alas de punta a punta miden unos cuatro metros. Solo vuela en la noche y en total silencio. Es todo negro y se aparece cuando uno menos lo espera.”
Para que les siga contando el cuento es necesario que salgamos al patio, a la oscuridad. Cada uno traiga su silla.-dijo el abuelo mientras sacaba la suya.
Una vez todos instalados en esta nueva escenografía-los niños se habían sentado todos muy juntitos- el nono continuó.
“El Colcón cuando no tiene pichones se alimenta como cualquier otro pájaro.Come semillas, frutas, lombrices. Todo cambia cuando termina de empollar y nacen los colconcitos. Suelen ser dos, a lo más, tres”.
Aquí el abuelo hizo una pausa y le pidió a su nieto mas inquieto, que le tuviese el reloj de pulsera, para estar más cómodo.
Y luego continuó: “el caso es que cuando nacen los pichones, solo se alimentan de ojos de niños de hasta ocho años. Entonces el padre Colcón sale de noche a buscar alimento. Siempre lo hace después de las once de la noche. Prefiere arrancar los ojos de los niños que se resisten a dormir, porque son los que mejor gusto tienen.Y además si sus hijitos siguen con hambre, se dan una vuelta y les quita las lenguas a las niñitas parlanchinas, que no dejan dormir a sus hermanos”
Dicho esto preguntó la hora al nieto que le tenía el reloj y el único que quedaba., firmemente prendido a sus pantalones. No contestó nada. Temblaba como una hoja.
No se desprendió de la pierna del abuelo hasta no entrar en su camita.



Juan josé García Zalazar

viernes, 7 de mayo de 2010

El botón amarillo





I

Este invierno promete ser uno de los más fríos de los últimos años.El viento helado se cuela por la puerta de hierro del calabozo. Y eso que le he puesto, por debajo, diarios enrollados. La ventanita la cerré prolijamente con un pedazo de cartón, la macana es que no entra casi nada de luz. La lámpara está encendida todo el día. Tengo que cuidarla porque cuando se queme no podré reemplazarla. Se la cambié al gringo de la 17 por un paquete de cigarrillos casi enterito. De abrigo no estoy tan mal.Tengo dos camisetas de frisa, un pulóver y este saco de corderoy. El pobre hace esfuerzos todavía para abrigarme. Menos mal que conseguí un botón más o menos grande para cosérselo, sino hubiera tenido que usarlo abierto en la panza y, como viene la mano, no sería lo más recomendable. No sé por qué siempre siento más frío en el estómago que en cualquier otro lado. Lolita siempre me cargaba cuando yo le decía que a las mujeres parece que sólo les hace frío en la cola y ella me decía “peor es que te haga frío en la panza, vos no podés apoyarla en ningún lado, yo en cambio la pongo cerca de la estufa y listo.”
Es un botón con personalidad. Amarillo, medio transparente y con dos agujeritos que me miran fijamente. Podría decirse que es bastante serio pero con cierta indulgencia en el mirar. No hace juego con los otros, marrones, insulsos, de cuatro agujeritos. Simples botones comunes. De ellos no me haría amigo ni por casualidad.Como no soy amigo de la mayoría de los presos. Es cierto que todos nos necesitamos. Más en esta cárcel del fin del mundo. Pero una cosa es ser compañeros y otra ser amigos.
Cuando nos llevan a talar madera para las estufas del comedor, nos cagamos de frío en las vagonetas y, aunque van despacio, la brisa nos corta la cara como delgadas agujas de hielo. Pero sentimos que de algún modo estamos libres.Yo me preparo momentos antes de subir. Me cierro el saco, abrocho el botón amarillo, me subo las solapas y me ajusto el trapo de lana que uso como bufanda. Me imagino entonces que nos vamos al campo con mi papá en la vieja Estanciera que tenía. A él le gustaba llevarme a cazar liebres. Siempre íbamos en Semana Santa, cuando se tomaba unos días de descanso. Parece que hubieran pasado mil años desde entonces. Y pensar que sólo voy a cumplir los veintiocho dentro de un mes. Desde que hice la macana, siento que he envejecido cincuenta años. Todos aquí somos viejos y es raro el que tenga más de treinta.
Estoy pensando que de toda la ropa que tengo, el saco es en realidad el que mejor está. Cuando salga se lo voy a dar a las monjas que vienen los sábados a visitarnos. Ellas cuentan que afuera la gente la está pasando muy mal. Parece que hay otra de esas crisis que cada tanto se dan. A alguno le va a venir muy bien para proteger el cuerpo. Las monjas nos traen chocolate que los niños de sus colegios donan. Suelen estar agrios pero los comemos con verdadero deleite. Más de una vez hemos sufrido fuertes patadas al hígado, pero… quién nos quita lo bailado. La comida de acá son guisos. Algunas veces de arroz y otra de fideos, según dicen los cocineros. Pero todo tiene el mismo sabor.




II

Siempre nos toca a las novicias tener que seleccionar y lavar la ropa que nos mandan de la cárcel. El Director se da ínfulas de benefactor trayendo esos trapos que la más de las veces ni para basura sirve. Sé que no debo pensar así porque cometo el pecado de soberbia, pero si hasta la Madre Superiora comenta que no hay cómo sacarle un centavo al funcionario. Con traernos estos paquetes cree que lava su conciencia de los atropellos que reciben los presos. Si Dios toma esto como un mal pensamiento seguro que me perdonará. No es mi intención ofenderlo.

O las necesidades son muy grandes o el que cosió este botón no tiene ni idea del buen gusto. ¡Un saco marrón con botones marrones y un botón amarillo en el medio! El botón solo, así aislado, no es feo. Lo voy a sacar y coseré en su lugar otro más apropiado. El amarillo lo voy a guardar. Me va a servir para cerrar la cartuchera de jean que cosí. Voy a bordarle a las orillas guardas rectangulares con hilo amarillo. Así hará juego.
La cartucherita la tengo llena de lápices. De niña me gustaba dibujar y desde entonces y cada vez que puedo, trazo algunas líneas aunque más no sea por darme el gusto. Aquí son pocas las cosas que no escapan a la disciplina. Los momentos libres son cada vez más escasos. La vida afuera está llena de tentaciones. No tendría tranquilidad para dibujar. La Madre vio algunos de los bosquejos y me felicitó porque estoy ilustrando escenas de La Biblia. No me animé a decirle que también me gustaría hacer otros con acciones más mundanas. Tengo hermosos recuerdos de mi vida en casa antes de que Dios me llamase a su servicio.Tendría que decirle, porque soy muy tonta y a lo mejor hago dibujos que puedan ser pecaminosos. Ella me va a orientar.
Tengo en mente hacer una colección de los juegos que inventábamos en las tardes calurosas. Nos divertíamos como nunca. El tiempo en esa época era más lento. El día se demoraba en terminar. Nos molestaba que llegara la noche. Queríamos dormir ligerito para levantarnos y seguir jugando. Voy a hacer algunos bosquejos, a tomar coraje y a mostrárselos. Es tan seria que por momentos hasta le tengo un poco de temor. En realidad temo su severidad. Ella tiene buen ojo para ver cuando estamos por cometer un error y toma las medidas necesarias para evitar que se ofenda al Señor.


Nunca pensé que se pondría tan mal. Me dijo que mis dibujos eran germen del pecado. Que los bañándonos en el río semidesnudos, eran los peores de todos. No eran costumbres propias de un hogar cristiano. Era evidente que habíamos sido descuidados en nuestra formación. Pero que todavía estaba a tiempo de corregirme. Que rompiera los dibujos y que no tocase los lápices hasta que no limpiase mi corazón de toda imperfección.
En el verano vendrá mi sobrina de Córdoba, a ella le regalaré la cartuchera y los lápices. No tengo ganas de seguir dibujando.

III


Cuando me recibí, mi intención era hacer clínica. Tener un consultorio y recibir pacientes particulares. La realidad me demostró que era una fantasía, nomás. De todos los compañeros de Psicología, solamente dos han podido cumplir con el deseo. Ni hablemos de los que no están haciendo nada para lo que nos preparamos. Yo al menos estoy en lo mío.
Apenas me enteré de la pasantía en el “Neuro”, me presenté. Me sirvió de mucho la práctica en un dispensario. Según el Director, ese antecedente lo decidió a darme la oportunidad. Ya van para tres años que estoy aquí. Y todavía sigo aprendiendo de mis pacientes.
Hoy no tengo que atender pero me preocupa el anciano que han internado hace quince días. Según la ficha lo encontraron deambulando en cercanías de la Terminal de Ómnibus en total estado de abandono. La policía lo llevó al San Roque y los médicos de ahí dijeron que, salvo el estado de desnutrición que tenía, no había motivos para que estuviese internado. No sé por qué vericueto administrativo llegó aquí. El siquiatra de guardia lo diagnosticó así: ¿esquizofrenia con delirios místicos? Así, entre signos de interrogación.
Me hice cargo de la atención de Aucaman por propia voluntad. El hombre es menudo y con una gran barba blanca que le llega hasta el pecho. El cabello largo lo lleva sujeto con una bonita vincha a guardas.Toda su figura me hace acordar a esos santulones de la India que se ven en los documentales. En la primera entrevista traté de no fijar mi vista en él para que no se sintiese intimidado pero era muy fuerte la atracción de su mirada. Sus ojos negros reflejaban la dulzura de sus palabras. Cuando pregunté de dónde venía me dijo “del sur”.Y pensé, erróneamente, que era del sur de la provincia. ¿De cerca de Río Cuarto? pregunté.”No del sur de en serio”, me contestó. Y como para mitigar su respuesta añadió: “de Neuquén, de la cordillera.”
Aucaman me contó que su nombre significa “cóndor libre”.Vivía en una comunidad pegada a Los Andes, que era chamán y que intentó llegar a Jujuy donde vive una de sus hijas. Le robaron todo lo que tenía cuando se durmió en el ómnibus, por lo que tuvo que bajarse. Que era la primera vez que viajaba porque un espíritu de la montaña le había indicado que su hija lo necesitaba. Dijo que cuando la policía lo interrogó contó esto y por eso lo trajeron al hospital. Lo mismo le había ocurrido con el médico de guardia que lo recibió. Me preguntó: ¿Cuándo volveré a ser libre? La pregunta me dolió. Tuve que contarle la verdad. “Aucaman, cuando alguien venga a buscarte”. No me animé a decirle que las asistentes sociales no habían dado con su hija.
No fue difícil establecer una excelente empatía. El hombre se abrió con naturalidad, y a mí me atrapó su personalidad. Contó que era el responsable de la salud de su gente. Me dijo que los árboles, montañas, los ríos, los animales, el viento, eran sus parientes. Sólo había que estar alerta para oír a la naturaleza y serle obediente. Allí estaba el remedio a los dolores del hombre.

Ayer le llevé una cartuchera con lápices que encontré en la calle, cerca de la plaza de Gral. Paz. Me acordé que preguntándole a Aucaman qué le gustaba hacer dijo: dibujar. La pregunta no fue inocente. Me preocupa verlo tan triste, sin hacer nada.
En cuanto la vio, sus ojos se iluminaron. Le encantó el detalle de un botón amarillo que tiene. Me dijo: “es parecido al ojo de un cóndor.” Por primera vez lo vi contento. Después con mucha delicadeza se puso en la tarea de descoserlo, mientras murmuraba algunas palabras en su idioma. No lo quise interrumpir. Evidentemente el acto era trascendente. Luego, dijo “cuando el ojo halle una pareja de enamorados ese día seré nuevamente libre” Después lo guardó en el bolsillo. No entendí que había querido decir.
Al comentarle el caso a mi compañera, fue sin decir palabra hasta la mesa donde dibuja y volvió con un rollo de papeles, fibrones y una caja con témperas. “Tomá, dáselo cuando lo veas, le van a servir más que los lápices”. La miré cuando se alejaba y nuevamente pensé, “qué bueno haberla encontrado…”

Hoy Aucaman murió. Lo encontró el enfermero en su ronda matutina. Su cuerpecito casi no abultaba bajo las sábanas. Vi, en su cara, tranquilidad. Se diría que estaba soñando algo bonito. Me acerqué a la caja de cartón donde habían guardado sus cosas personales. Junto a las alpargatas, un pantalón y la camisa, estaban la vincha, la cartuchera y un paquetito con las témperas y los fibrones.

Al botón, no lo encontré por ningún lado.


Juan José García Zalazar

lunes, 26 de abril de 2010

El acompañante


El acompañante.


En varias leguas a la redonda de la Estancia Santa Rita, se sabía que no eran épocas de andar hasta muy tarde. Ni mucho menos alejarse de las casas. En toda la comarca la noticia hacía rato que se conocía. Todos hablaban de lo que estaba pasando. Lo hacían en voz baja y con cierto temor. Aunque, la peonada no podía disimular ante el capataz, cierto regocijo.
Lo que se decía era que por el valle del Conlara se había visto a Mate Cocido. Reconocido bandido y por cierto muy temido y también admirado. La chusma, como solía decir mi abuela, lo reverenciaba. Era su costumbre asaltar, robar y repartir parte del botín entre el pobrerío y si había resistencia, no dudaba en descerrajarle un tiro al asaltado.
Los dueños de los campos al solo escuchar su nombre, se llevaban la mano a la rastra verificando tener el chumbo y de paso mostrar, por las dudas, que estaban dispuestos a defender sus bienes. El miedo era evidente. A Mate Cocido, según los hacendados, había que matarlo donde se lo encontrase.

El capataz maldecía mientras recorría la distancia que le quedaba hasta el pueblo.
¡Justo ahora se tenían que quedar sin kerosén...! La culpa la tenía el boyerito nuevo, encargado de que no faltase. El pobre no sabía calcular bien y los grandes tachos estaban vacíos.
La tardecita anunciaba la llegada de la noche. Tendría el tiempo justo para llegar hasta el almacén del gringo Pollini y pegar la vuelta. Había atado al sulky un alazán que era una luz. Por eso lo eligió. No le causaba ninguna gracia salir a esa hora. Poco le importaba lo que los peones estarían diciendo con relación a su escaso coraje. Pero le daba un poco de rabia. Cuando pidió un voluntario para ir al pueblo, todos se hicieron los tontos.
Mate Cocido según la gente, era alto, de pocas carnes, ojos zarcos, un poco encorvado y manco. La mano derecha se la había cortado él mismo para zafar de los grilletes que el ejército le puso para llevarlo como “voluntario” a la guerra contra el indio. Se escapó a la noche, no sin antes degollar al milico que estaba de guardia y quiso pararlo. Dicen que allí comenzó su rebeldía. A los dieciséis años.

El gaucho que esperaba a la orilla del camino era alto y flaco. Le hacía señas de que parase. El capataz, pensó en lo peor. Pero paró. Pudo más el temor.
-¿Va para el pueblo, no?-le dijo el inesperado acompañante mientras le extendía, a modo de saludo, la mano izquierda y ponía su pie en el estribo. Ni se molestó en preguntar si lo llevaba. Decididamente se sentó en el pescante.
-Mucho gusto-contestó Don Gervasio con un hilo de voz. Cuando pudo dominar sus nervios y aparentando tranquilidad le preguntó:
-¿Está trabajando por estos lados?
-No, de paso nomás-contestó el hombre. Luego calló.
El capataz arriesgándose un poco más, le comentó:
-Ud. sabe que tiene suerte de encontrarme, porque a esta hora ya nadie sale al camino. Dicen que Mate Cocido anda por estos pagos. En cuanto terminó de decir la frase se dio cuanto que había metido la pata. Ya era tarde para arrepentirse. El hombre fijó sus oscuros ojos azules en los del conductor y pausadamente le dijo:
-Ud. no se haga problema, que si está conmigo, nada le va a pasar.
Gervasio sintió una rara sensación, mezcla de temor y también de alivio. Estaba seguro que viajaba en compañía del asesino mas buscado por la policía. Nunca supo muy bien porque, pero lo que dijo después, durante mucho tiempo lo hizo sentir culpable.
Le dijo, como avisando:-Solo tengo unos pocos pesos para el kerosén. Tendría que haber traído más, para comprar algo de yerba y harina.
El desconocido le clavó una dura mirada y lentamente llevó su mano en dirección al facón que asomaba en su cintura. El corazón del capataz se detuvo. Hasta aquí llegué, pensó. ¿Por qué no me habré callado? Entonces vio que el hombre sacaba un puñado de billetes del bolsillo y sé los ofrecía.
-Aquí tiene, no se quede con las ganas y tómese unas copas a mi salud. Y pare, que aquí me bajo-ordenó con gesto hosco.
Se apeó y desapareció entre los altos churquis de la orilla del camino.
Don Gervasio asegura que al ratito sintió un tropel que se internaba en el campo. Varios hombres lo estaban esperando en el monte.

Los billetes nunca los gastó. Los tiene en una cajita de madera que pasará, seguramente, de hijos a nietos. Dice que desde entonces le traen suerte.
Y así debe ser, porque al día siguiente, la noticia corrió con la velocidad del rayo, la estancia lindera, la de Don Tomás, fue tomada por asalto por un grupo de gauchos, quienes además de llevarse todo lo de valor, no vacilaron en degollar la caballada, para que no se armase una partida que saliera en su persecución.

Don Tomás, casi tiene el mismo fin. Mate Cocido paró en el último instante, la puñalada de unos de sus subordinados, enojado con el estanciero porque se resistía a entregarle la rica rastra de monedas de plata.

Juan José García Zalazar