viernes, 30 de noviembre de 2012


                      






                                  La diesel

Las cinco de la mañana y ya todo el pueblo está levantado. El sol todavía no ha salido. Algunos gallos  están despiertos, desconcertados y sin animarse a cantar. No entienden que está pasando. Por las ventanas de las cocinas se filtran las amarillentas luces de las lamparitas. Se adivina que la gente está desayunando, el aire se siente perfumado por el humo de las estufas a leña. El cruel frío sureño todo lo envuelve. Esta vez su socio, el viento, no lo acompaña. Quizás ha optado por tomarse un respiro y dejar que la gente, al menos una vez, no tiemble  apenas dejen el cobijo de las casas.
El pueblito, serán una treintena de casas, se desparrama alrededor de la estación del ferrocarril como si temiesen alejarse de ella. Da la impresión de haber sido  parido  a partir de la casa del jefe de la estación, por lejos la construcción más importante. Esta vez y a pesar de la hora todas las luces del andén están prendidas e incluso algunas lámparas quemadas, han sido recientemente reemplazadas por flamantes focos de neón.
La noticia llegó hace un mes. Las viejas locomotoras a vapor ya no correrían más por el ramal que pasa frente al caserío. Se dice que a las seis de la mañana pasará la primera máquina diesel.  Que son mucho más potentes, rápidas, enormes. Un prodigio de la ingeniería, algo nunca visto. En el periódico del pueblo  vecino salió un artículo donde un periodista que había podido presenciar la tremenda máquina en la capital, recomendaba no concurrir con niños o personas cardíacas al paso del tren. Incluso aseveraba que personas de edad avanzada se descompusieron no pudiendo aguantar la impresión al ver a  semejante engendro.
Francisco, mi padre, descreído anarquista, apenas leyó el artículo tiró el diario y me dijo: ¡nosotros vamos a ir! Estos cagatintas capitalistas se oponen a que la gente pueda ver los prodigios  que el pueblo trabajador y sus ingenieros pueden hacer en bien de la humanidad. Y usted tiene edad para ver con sus propios ojos esta maravilla.
Cuando lo comenté en la escuela me enteré que mis compañeros también iban a ir y de las discusiones que sus padres habían tenido por el suceso que se acercaba. Parecía que las madres se oponían en bloque por el riesgo que  podíamos correr. Los padres parecían que también se habían puesto de acuerdo para  llevarnos. La rebelión paterna  quedó zanjada en un acuerdo no escrito. Las niñas no irían. En el acuerdo mi papá no contaba. Nosotros iríamos todos. Mi mamá, yo y mis dos hermanas.
Fuimos de los primeros en llegar. Bien abrigados y todavía con el gusto en la boca del mate cocido muy azucarado que mamá nos hacía. También estaba el intendente con su hijo y un compañero de papá, acompañado de su mujer y los mellizos. Mamá y las chicas se guarecieron en el salón de espera. Nosotros nos quedamos en el andén. Mi papá se puso a conversar con su amigo. Ambos estaban de acuerdo que el tren no pararía en el pueblo y acordaba que estaba bien porque una formación ferroviaria de tal categoría solo era digna de las grandes ciudades. Mi padre le comentaba a su compañero que le hubiese gustado que su hermano hubiera podido ver  la máquina que pronto llegaría. Le decía que no lo veía desde que llegaron de Polonia a Buenos Aires. De esto hacían como quince años. Su hermano era técnico mecánico y de haber estado no se lo hubiera perdido. Que las cartas que le había enviado volvían con un sello que decía: “destinatario desconocido”
En eso estaban cuando de pronto, como a una legua, donde las vías hacían una curva, apareció una luz potentísima en la negrura de la noche. Me pareció que el sol salía a  ras de la tierra. Casi al mismo tiempo el suelo empezó a temblar, cada vez con mayor intensidad.  La luz avanzaba  rápida.  Instintivamente nos corrimos unos pasos hacia atrás. La luminosidad empezaba  a subir  medida que se acercaba. Pronto llegó a nuestros oídos un raro bramido que crecía en fuerza segundo a segundo. Yo temía que esa cosa se nos viniera encima. Sentí como la mano de papá me apretaba y me di cuenta que la boca se me había secado. Alcancé a ver como se iluminaba su rostro y la rara expresión  de sus ojos. La locomotora era ahora, una gran mole negra y amenazaba llevarse todo por delante. Pensé en un segundo en mis hermanitas, no las veía en el andén. Nosotros, sin querer, ya estábamos pegados a la pared, como dando espacio al paso del monstruo que llegaba. Parecía que iba disminuyendo la terrible velocidad que traía. Alcancé a oír que el compañero de papá decía: ¡parece que va a parar!  Un aire  caliente y oloroso a petróleo entró por mi nariz al mismo tiempo que un agradable calor me llegaba a las mejillas. Ya la diesel pasaba lentamente mientras un fuerte chirrido metálico daba cuenta de que se detenía. Recién ahí me fije que todo el pueblo llenaba el andén.
Por las iluminadas ventanillas se veían las caras de gentes extrañas. Solo una puerta se abrió en el segundo vagón. Bajó un hombre, alto como mi padre. Traía un par de valijones. Se detuvo dubitativo, observando a su alrededor como buscando a alguien. Mi padre, absorto mirando la locomotora, le daba la espalda. El hombre se acercó a uno de los vecinos, le habló y vi que le indicaba con su brazo extendido en nuestra dirección. El viajero pareció apurar el paso, acercándose. Con dudas tocó el hombro de papá y con voz temblorosa preguntó: ¿Francisco…? Papá se dio vuelta, miró al extraño a los  ojos  y luego, dudando un instante,  exclamó: ¡José…! Fue ahí cuando me soltó la mano, abrazó a mi tío y pude sentir el temblor de los cuerpos de los dos hombres  estrechándose en un abrazo  que parecía no tener fin.
Cercana, la oscura locomotora ya no me parecía tan amenazadora.

Juan José García Zalazar

lunes, 27 de febrero de 2012


Un vale por cien bananas.

Mi rodilla derecha siempre me recuerda que he sido niño. La miro. Me mira .Tiene cara de no decir nada. La cicatriz que esta allí es raramente, recta. Como si algún arquitecto hubiera trazado la primera línea de un edificio. Parece el inicio de algo .Se distingue del resto de la piel por su color mas claro. La pierna se muestra morena. Tiene siete centímetros de largo. Uno por cada año del niño que era entonces. La herida que la produjo fue importante, tan importante como el miedo que sentí.

El aire fresco que venía de la playa, nos daba en la cara al grupo de chiquillos que buscábamos que hacer, para burlar el tedio de las vacaciones.
El pueblo, minúsculo, levantado entre los médanos y el mar, tenía una sola verdulería .Nos habíamos dado cuenta, que el fletero que traía verdura de las quintas cercanas, se bajaba y se ponía a charlar con la agraciada dueña del lugar .El destartalado camión permanecía abandonado por lo menos veinte minutos. Parecía que descansaba. Su dueño lo cargaba sin misericordia. Una montaña de cajones en equilibrio precario, se elevaba por sobre la cabina y amenazaba con derrumbarse en cualquier momento. De lo costados, había colocado unos fierros doblados en la punta, a modo de afilados ganchos, de donde colgaban unos impresionantes cachos de bananas. En casa nunca compraban. Eran caras. Los rubios racimos prometían sabores inigualables. La tentación me inició en el camino del delito. Decidí robar.
La primera vez el trabajo en equipo superó todas las expectativas. Oscar en su papel de campana, estratégicamente apostado a la sombra de un eucalipto, dominaba los probables movimientos del enemigo. Ricardo se colocaba a un costado listo para recibir el botín. Su altura le permitía ver las señas de peligro que le hiciera Oscar. Los demás formaban un compacto pelotón dispuesto a entorpecer el paso del proveedor, si éramos descubiertos. El robo, todo un éxito, fue repartido en partes iguales, pese a mis protestas. Yo exigía un par de bananas más por correr el mayor peligro.
La segunda vez, fue igual a la primera en cuanto al temor, los nervios y el corazón que amenazaba con escapárseme del pecho. Esta vez, desplegado todo el aparato de apoyo, subí por la compuerta trasera. El viejo camión estaba cargado como nunca .Tuve que caminar entre una pila de cajones con lechuga y bolsas con cebollas. Desde allí, el suelo se veía muy lejano. Transpirando a raudales, hacía esfuerzos por descolgar un racimo, cuando Oscar haciendo alarde de su pésimo humor, gritó “¡ahí viene el viejo!” Me vi volando por encima de la mercadería en una fuga desesperada. Allí la mala suerte se acordó de mí. Uno de mis pies pegó con la baranda y en la caída mi rodilla derecha se clavó en uno de los ganchos.
Quede colgando cabeza abajo. Debo parecer uno de esos pollos carneados que el carnicero cuelga sobre el mostrador.
El mundo al revés es muy curioso. Veo las copas de los árboles, no sabía que estaban tan juntas. Forman una especie de techo. Al camión deberían darle una buena capa de pintura. Desde aquí parece más ruinoso todavía.

Siento una especie de minúsculo temblor al irse, lentamente, desgarrando la carne por mi peso. Hasta me parece oír un leve ruido al paso del fierro en su camino hacia el hueso. Es raro pero no siento dolor. Lo único molesto son los gritos de mis amigos. Alguien, un grande, me toma de los hombros y cuidadosamente me levanta quitándome el peso. Otro, no le veo la cara, maniobra con mi pierna. El griterío es general. Una mano con una rejilla, olorosa a lavandina, me limpia la cara. De golpe, me siento libre. El camionero me lleva en brazos a la carrera, rumbo a casa, creo. Trato de tener la cabeza un poco más rígida pero los largos trancos del hombre hace que la bambolee. Lo miro. Esta asustado y un par de lágrimas le brillan en los ojos. A su lado alguien corre sosteniéndome la pierna mientras dice “¡no tengas miedo, no pasa nada!”Y su cara, dice lo contrario. La sangre me empapó el pantaloncito y la remera. Con el tiempo es lo único que me recriminó mi mamá. Eran épocas muy duras y la sangre no sale.

No sé que pasó después. Habrá habido un hospital, médicos y vendajes. No lo recuerdo. Lo único que me queda es esta cicatriz y ahora un pedazo de papel que encontré hace poco en la abandonada casa paterna. En un cajón de la mesa de la cocina estaba ese pedazo mal recortado de papel de envolver. Todavía se puede leer escrito con lápiz negro y letra infantil:”Vale por cien bananas” y mas abajo, a modo de firma, “Antonio”. Así se llamaba el camionero.

Al papel se lo tiene que haber dado a mi mamá.

Juan José García Zalazar

jueves, 15 de septiembre de 2011


La loca de los moños


La única construcción más alta del pueblo era la iglesia, llamada pomposamente por sus habitantes “la catedral”. Era un mamotreto de ladrillos y cemento mal proporcionado. Dos gordos campanarios hacían guardia a sus costados. Uno de ello rematado en una cruz de hierro muy oxidada. El otro la había perdido en un temblor de hacía casi veinte años atrás y nunca repuesta a pesar de la innumerables rifas, bailes y ferias de platos que se hicieron para juntar fondos. Ese mismo campanario carecía de campanas. Solo lo atravesaban unos gruesos maderos de algarrobos que servían de atalaya para las cientos de palomas que se empecinaban en cubrirlos con bosta, año tras año. Las dos únicas campanas que asomaban por las ventanuscas de la otra torre, eran tañidas en ocasiones muy especiales. Como cuando murió el prestamista, hombre muy rico de la zona y un verdadero beato, dueño además, de la única joyería del pueblo.La comidilla del lugar decía que prestaba el dinero propio y el del cura Biglietti, hombre que al parecer había echo su fortuna administrando peleas de gallos en el interior de la provincia antes de hacerse cura. El sacerdote había perdido un ojo en una de esas tantas peleas.Allí nació su vocación sacerdotal. Lo tomó como una señal de dios.Las peleas ahora las organizaba su hermano quien le giraba las ganacias.La abúlica vida parroquial transcurría entre las misas dominicales y las partidas de pase inglés que apenas se disimulaban en el Club Parroquial, una casucha lindera a la iglesia. Los habitué, para la procesión anual de la virgen patrona, solían alinearse a lo largo de la vereda en actitud respetuosa aunque no participaban, debido a su categoría de pecadores. Ese día el club permanecía cerrado.
Cuando llegó el cura Biglietti, no lo hizo solo. Lo acompañaba Magdalena. Muy pronto conocida como “la loca de los moños”.La mujer de suaves rasgos aindiados, cuerpo enjuto, vestía una larga pollera que le llegaba a los tobillos, por debajo asomaban unos zapatones negros abotinados.Sobre su vestimenta llevaba, invariablemente, un delantal que variaba de color según el día de la semana. Al igual que los moños que lucía sobre su cabeza.. Estos semejaban una gran mariposa posada sobre su cabello pronta a levantar vuelo. Eran enormes, rígidos, impecables, planchados al almidón. Parecía que si decidían aletear, tranquilamente hubieran elevado a Magdalena por los aires. Los lunes el moño era blanco, el martes celeste, el miércoles lucía un bonito verde turquesa, los jueves amarillo papal y por fin el viernes un rojo furioso que, se me antojaba, tenía un cierto sentido pecaminoso.
Cosa rara, a nadie se le ocurrió pensar en alguna relación íntima entre Magdalena y el cura. Con solo verla se podría asegurar que era virgen. Nadie lo decía pero seguro que se pensaba. Su actividad externa era barrer todas las tardes la vereda del templo. Siempre a las cinco en punto. Incluso en pleno verano cuando el sol calentaba la calle de tierra a casi cincuenta grados y se elevaban columnas de aire tórrido semejando espejismos. Las demás diligencias eran propias, según se sabía, de los cuidados del sacerdote y de la iglesia. Pagaba al carnicero, panadero y verdulero que diariamente se acercaban a la casa parroquial. Casi no les hablaba. La breve conversación solo giraba en torno a los pedidos para el próximo día. Los sábados y domingos no se la veía para nada. Suponíamos que eran sus días de descanso.
La vida de Magdalena perecía bastante gris y despojada de todo interés. Al menos era lo que todos imaginábamos al presenciar su rutina. Pero un día conoció a Toribio. Un borrachín y guitarrero que se ganaba la vida, diríamos la comida, rasgando su guitarra en los numeroso boliches de los alrededores y entonando, a pedido de los feligreses, viejas tonadas cuyanas y alguna que otra zamba. Su arte lo canjeaba por un plato de comida y unos cuantos vasos de vino de damajuana. Debemos decir, a modo de defensa, que era un ferviente católico. Jamás faltaba a misa de diez. Estuviera o no sobrio. Invariablemente se presentaba perfectamente peinado a la gomina. De saco gris y pantalón oscuro, brillante de tanto planchado. Sobre su cabeza lucía un sombrero con cinta negra seguramente heredado de algún pariente. De pronto se lo empezó a ver a plena luz del día, a él que era un habitante de la noche. Esperaba apoyado en un naranjo de la vereda a que Magdalena terminase de barrer y luego la acompañaba hasta el atrio donde se los veía conversar respetuosamente. La ceremonia no duraba más de quince o veinte minutos. Más que suficiente para que todo el pueblo comenzase a hablar del nuevo idilio. Pronto se supo que ambos tenían intenciones de casarse y allí se formaron dos bandos. Los que apoyaban el casamiento y los que decían que era una locura. El mayor argumento de los opositores no era la condición de afecto a las copas de Toribio, sino la supuesta tontees de Magdalena. Temblaban en pensar que algún día quedase embarazada. En el Club Social, único lugar respetable de reunión, se llegaron a dar discusiones de tal calibre que en una oportunidad derivó en una complicada pelea a trompadas y patadas. La solución y aquietamiento de las aguas llegó de mano de la palabra oficial de la Iglesia. El cura Biglietti en la homilía del domingo y a partir de una cita de La Biblia dio a entender, claramente, que apoyaba la unión de los feligreses. Desde ese momento todo el pueblo se encolumnó en pleno apoyo a los novios y no se escatimaron esfuerzos para ayudarlos. Lo primero, para las mujeres, fue preparar la boda. En cambio los varones se la ingeniaron para alquilarles un cuarto con baño y cocina compartida en la pensión de Don Escudero y con la promesa del propietario de avisar por cualquier cosa que hiciese falta. La comisión de apoyo económico al futuro matrimonio la encabezó el farmacéutico. El comisario, lo reemplazaría en caso de ausencia, para evitar la acefalía. Además vigilaría la conducta de Toribio. Los demás notables de la comunidad se apresuraron a compartir el compromiso con, en algunos casos, interesantes sumas de dinero
El día del casamiento se los vio venir a la ceremonia religiosa en un hermoseado coche de plaza que conducía, orondo, Don Félix, decano de los cocheros del lugar. Magdalena lucía un hermoso vestido blanco confeccionado por las hermanas del Socorro Perpetuo. Sobre su cabeza el inefable moño, en este caso de color rosa y un tul que ocultaba su rostro moreno. Se adivinaba el nerviosismo que le producía la presencia de casi todo el pueblo que había venido para no perderse detalle. A su lado Toribio lucía un impecable traje azul marino, un poco grande para su talla, pero que el llevaba con notable elegancia. En la solapa un clavel rojo como marca de distinción. Toribio mostraba su señorío en un gesto mezcla de adustez y complacencia.
Todo salió muy bien. La ceremonia, sencilla y emotiva. Los esponsales a la altura de lo que se esperaba de ellos. Una Magdalena sonriente se descubrió al levantar el novio el tul que velaba su rostro y darse el beso, que un desubicado, pidió a viva voz. Hubo un brindis en la casa parroquial al cual estuvieron invitados la comisión económica y sus esposas, además de algunos notables que por diversos motivos concurrieron solos. Pasados estos momentos memorables todo volvió a la rutina. Toribio también volvió a la rutina. Su única habilidad era la guitarra y cantar. Con eso contaba para subsistir. Todas las noches salía para los boliches a eso de las diez y con la promesa siempre incumplida de no volver después de las cuatro y… sobrio.
La cuestión es que a eso de las cuatro y media, Magdalena, comenzaba una recorrida por los bares donde “actuaba” Toribio. Su figura se hizo costumbre. Ya no llevaba sus espléndidos moños pero su carita no perdía su expresión bondadosa. Aquel mote de “la loca de los moños” se lo había llevado la nueva realidad. Solía asomarse a la puerta de los boliches con una sonrisa ingenua y preguntaba:- ¿no lo han visto a él? Nunca faltaba alguno que dijese, haciéndose el ignorante:-¿y quién es él? Entonces Magdalena contestaba con expresión enamorada:-¡al hombre cantor! Si la respuesta era negativa saludaba y salía con paso lento rumbo al próximo bar.
Toribio nunca fue de jugar a las cartas. No le interesaban o no sabía jugar. Lo suyo era la música y el canto. Tampoco era ya del vino. De a poco y con mucha voluntad lograba no emborracharse. Salvo los sábados en que se daba ese permiso. En la discusión por una diferencia de apuestas él no tuvo ninguna participación. Al menos es lo que decían los defensores de la inocencia de Toribio. El otro bando sospechaba que el músico había intervenido en el juego haciendo señas y delatando las cartas. La noticia, a pesar de la hora-fue a las cuatro y media de la mañana- se supo de inmediato. Quizás porque en el bar se encontraba un locutor de la radio FM de la localidad o sino por esos inexplicables medios invisibles que hacen correr las malas noticias. Toribio fue apuñalado por la espalda y murió después de una corta agonía, tirado entre un revoltijo de sillas y mesas.
Magdalena esa noche se había quedado dormida.
Juan José García Zalazar

miércoles, 20 de abril de 2011


Proteínas


Al lado del puente hay un bosquecito que se ha formado solo. Hace unos años por allí pasaba el tren y en el espacio a los lados de la vía, que todavía se ve, no se había construido nada hasta hace un par de años en que de a poco empezaron a parecer improvisados ranchitos de maderas y nylon. Unas ocho familias ahora están allí, a la buena de dios. Los niños corretean entre los árboles y se han acostumbrado a mi paso. ¡Adiós don! me saludan los chiquillos que juegan con un carrito de madera de cajón. Les hago una seña y sigo mi camino. Les veo las patitas flacas como teros, la panza inflada y ojeras que deberían ser las de un viejo. Las ropas que los cubren, enormes para su edad, ya son andrajos que el tiempo tiñó de un gris amarronado.
Se ve que los mayores, viven del cirujeo. Se los suele ver clasificando la basura a metros de sus casitas. Son jóvenes pero sus rostros acusan una decena más de años. Entre ellos solo hay una viejita que debe tener un centenar de años o al menos pareciera que los tiene, que uno nunca sabe .Ella va al mercado a buscar restos de verduras y frutas, de tanto cruzármela, nos reconocemos y nos saludamos.
El otro día, yo traía una bolsa con un par de kilos manzanas y aproveché para ofrecerle algunas. Ella me dijo que no me molestase, al mismo tiempo que, contradictoriamente, extendía una mano surcada de protuberantes venas azulinas. Le dije, con ánimo de no ofenderla, que para mí eran demasiadas y se me iban a echar a perder. En eso estábamos cuando un alboroto de niños y perros nos desvió la atención. Entre un mar de gritos y ladridos entendí que habían matado una rata. Uno de los más grandecitos encabezó una marcha para el lado del río llevando en estandarte, clavada en la punta de un palo, una tremenda rata negra grisácea que todavía se retorcía dejando un rastro de pequeñas gotas de sangre. Los perros saltaban inútilmente tratando de agarrarla. Cada tanto alguno chillaba al recibir una patada. Vi que la tiraban al agua. Luego se volvían hasta la orilla de un muro derruido y adiviné que allí estaba la cueva porque los niños se ensañaban en tirar piedras y cascotes tratando de tapar el cilíndrico agujero de la entrada .Me acerqué y donde antes estaba el nido, solo quedaba una pequeña montaña informe de tierra y escombros.
Fue por poco tiempo. Pronto los animales habían reconstruido el nido. Lo más llamativo era que alrededor se podían ver colocados restos de comida. Era evidente que alguien les estaba dando de comer. Trozos de panes viejos, verduras en descomposición y hasta algunos grandes huesos de vacas, de esos que los carniceros suelen regalar, se esparcían por las inmediaciones. Quedé desconcertado. La cercanía del caserío hacía imposible que la gente del lugar no se diese cuenta de la situación. Al poco tiempo, y a plena luz del se paseaban impunemente por las cercanías. Incluso algunas trepaban a los achaparrados árboles subiendo ágilmente por los troncos. Su número aumentaba constantemente. Empecé a dar un rodeo en mi pasaje hacia el mercado. Su proximidad me causaba repulsión y hasta temor.
Este sábado vi que la anciana iba encorvada por el peso de las bolsas de regreso del mercado. Apuré el paso y la alcancé. Traía lechugas y tomates. Se la veía de buen ánimo. ¿Como le va señora?- le dije y me contestó-muy bien, acá me ve, trayendo las cosas para el asado-aclaró. Inmediatamente pensé, sabedor de las necesidades que pasaba esa gente, que alguien les habría regalado carne. Déme alguna bolsa que le ayudo-le dije. Bueno hijo, la verdad que me están matando-contestó.
Poco más tarde llegamos al rancherío. Un par de hombres atendían el fuego del improvisado asador .Sobre la parrilla de alambre, prolijamente alineadas, se doraban una veintena de gordas ratas. Uno de ellos les echaba sal mientras el otro, acomodaba algunas brazas con la ayuda de un viejo palo de escoba.
Los niños, sentados sobre viejos tarros de pintura, esperaban pacientemente.


Juan José García Zalazar

viernes, 8 de abril de 2011


Enamorarse


Enamorarse de aquí hasta el infinito
Enamorarse como a quien solo le queda un minuto de vida
Hasta la última gota de sangre y de alegría
Hasta que las vísceras digan basta
Enamorarse de sal y de agua, de silencio y bullicio
Hasta que los huesos no puedan más
Con el último aliento y el último latido
Con la música de Beethoven
Enamorarse hasta el paroxismo
Sentir que la tierra se queda abajo
Y que el cielo es poco y escaso
Con la ternura de todas las ternuras
Con las caricias y los besos
Con roces e insinuaciones
Con abrazos y tibiezas
Enamorarse hasta decir basta
Enamorarse hasta quedar sin aliento
Enamorarse hasta que no alcance.


Juan .José García Zalazar

jueves, 27 de enero de 2011

JUNTOS PARA SIEMPRE


Juntos para siempre


Ese año fui el único estudiante de taxidermia del secundario. El taller había quedado como una reminiscencia de los antiguos planes de estudios. Un par de años más tarde se cerraría definitivamente. Menos mal que lo pude aprovechar. Sabía que más tarde o más temprano mamá moriría.

Ella lo era todo para mí, madre y padre. Papá siempre fue un ser callado y casi inexistente. La mayor parte de su vida lo pasaba en el trabajo o en el club. Solía aparecer casi al anochecer, cenaba y apenas si cruzaba alguna palabra con mamá. Siempre el tema era el mismo; cuanta plata le hacía falta para el día siguiente. Para él, así todo estaba bien.
La universidad no la terminé. Solo curse algunos años en bioquímica pero pronto abandoné. Mi presencia se tornó indispensable, cuando mis otros dos hermanos se fueron de casa y abandonaron a mamá.
Cuando papá falleció, casi ni nos dimos cuenta. Poco cambió en casa. Fue como quitarnos un peso de encima. Ahora mi vida con mamá empezó a ser casi perfecta. Ella por fin pudo atenderme como siempre lo quiso hacer. Yo no conseguía un trabajo como la gente. No nací para ser un simple empleado ni dependiente de negocio. Así es que, naturalmente, empecé a atender el negocio de mamá. Tuve un par de novias. Ninguna de ellas supo apreciar la excelente suegra que era. En algún momento me demostraron que querían romper la encantadora relación que manteníamos y eso nunca lo permití.
Es verdad que desatendíamos el negocio, pero con lo que ganábamos lo pasábamos lo más bien. Así lo entendía mi progenitora. Nunca hubo un reproche.
No me casé. Al igual que papá comencé a frecuentar un club y después me pasé a un antiguo bar. Con el tiempo pasó a ser mi segunda familia. Todo estaba tranquilo y ordenado. Mamá atendía por la mañana y yo unas horas a la tarde. Llegaba, cenaba (siempre me esperaba a que llegara) conversábamos un poco y me iba al bar, con los muchachos. Regresaba tarde y ella me esperaba con un tesito caliente para que me fuera a dormir sin problemas estomacales.
Así fueron pasando los años.
Mamá se estaba poniendo vieja. Su andar era cada vez mas lento y en ocasiones cuando llegaba casa, la encontraba dormitando en el sillón. Ya casi no salía a juntarse con las amigas a jugar a la canasta y dejó de ir al negocio. Tampoco me atendía con la dedicación con que lo solía hacer. En ocasiones tuve que llevar la ropa a la lavandería. Mamá dejaba que se acumulase y a veces no tenía que ponerme. Incluso me hizo problema cuando le dije que me comprase un nuevo traje. El que tenía se estaba poniendo brilloso de tanto plancharlo. Siempre use traje con chaleco. Desde que empecé bioquímica. En verano cuando el calor era insoportable, me vestía en casa, con pantalón y camisa. Me sentía desnudo. Claro que de noche, para salir, tenía uno de verano. Jamás salí a la calle sin saco y corbata.
Durante todo ese tiempo, unos cincuenta años más o menos, no dejé de actualizarme en todo lo referente a la taxidermia. Los nuevos productos químicos, técnicas y procedimientos. Todos los aprendí. Se convirtió en mi hobby. Mis amigos sabedores de esa inclinación me traían, cada tanto algún animalito muerto para que practicase. Algún pajarito, sapos, una vez un gato y hasta un perro que murió de viejo, mascota de uno de ellos.

Una cosa no le perdoné nunca a mamá. Que trajese un gatito negro que encontró en la calle. Por ahí me parecía que lo atendía más a él que a mí. Pronto se desarrolló y llego a tener un lugar propio en la casa. Su cucha, su plato, un almohadón cerca de la estufa en el invierno y hasta una caja de madera con arena donde hacia sus necesidades .Vivíamos en un departamento de alto, amplio, pero no como para tener un animal.
El gato no me aguantaba.Cada vez que me veía retrocedía lentamente a esconderse bajo algún mueble. Había algo amenazador en la forma en que se iba. Se retiraba curvando el lomo, erizaban los pelos y emitía un sordo gruñido sin sacarme los ojos de encima. Siempre temí que me saltase a la cara. No hubiera sabido que hacer. El odio era recíproco. Pensaba que en cuanto mamá no estuviese más, no me demoraría en deshacerme de el.

Mamá murió tranquilamente como había vivido. Un día no se levantó. Me di cuenta cuando no me despertó al mediodía para almorzar. Estaba en su cama como si durmiese. Sabía que no debía demorarme mucho tiempo en comenzar a embalsamarla .Todos los manuales recomiendan empezar la tarea lo mas pronto posible. Eso redunda en que el aspecto final sea el deseado. La tarea más pesada la hice en el baño. Allí tenemos una gran bañadera, de esas de principio de siglo, con patas que imitan a las garras de un león.
Tuve el cuidado de no dejar ninguna huella que indicase que había fallecido.Ya tenía todo preparado para dar una explicación creíble a las pocas personas que la conocían. Sus amigas, las pocas que quedaban, serían las mas fáciles de engañar. Madre siempre estaba diciendo que en cualquier momento iba a realizar un viaje a su lugar de origen. Chaco. Y que no volvería ni en tres meses, por lo menos. Con mis hermanos no habría problema. De ellos no sabía nada desde hacía quince años. Ni sabía si aún vivían.
Ahora que mamá esta tranquilamente sentada en el comedor, en su sillón favorito (ha quedado hermosa), tengo que tomar otra decisión. Que hacer con el gato.
Ya me estaba acostumbrando a su presencia. Pero lo que hizo esta mañana me obliga a que no pierda más el tiempo. Lo descubrí cuando se afilaba sus uñas en las piernas de mamá. Lo hacía de una forma que me dio idea que así tomaba posesión de ella. Y eso nunca se lo permitiré. Se dio cuenta que descubrí sus intenciones porque por primera vez lo vi que corría a esconderse, temeroso. Esta vez lo hizo dentro del fuerte ropero de algarrobo. Sin querer me ha dado la solución. Lo cerraré con llave y la tiraré.
Así quedaremos solos y juntos, como siempre, mamá y yo.


Juan José García Zalazar

domingo, 21 de noviembre de 2010


Verrugas

Sabía que mi tío se estaba muriendo. Me di cuenta cuando mi viejo me dijo: vamos a verlo a tu tío Daniel que está muy jodido. Me lo dijo a mí, solamente. Mamá hacía mucho que no lo visitaba .Desde el momento que se enteró que a los dos meses de enviudar se juntó con “esa mujer”.Así lo decía…”esa mujer”.Mi madre había sido muy amiga de Petrona, la primera esposa.Una santa. Ella sola crió nueve hijos, “porque tu tío lo único que siempre hizo fue trabajar el campo y tomar vino.”
Y…si. Tío Daniel era un grandote colorado, cara redonda, siempre sonriente, tenía pequeñas venitas rojas que le recorrían los cachetes .Sus manos eran impresionantes. Calculo que si se las pesaba, cada una debía tener unos tres kilos. Era un forzudo. En una ocasión lo vi estirar una rienda de cuero crudo, demasiado larga, hasta cortarla. El campo lo trabajaba de sol a sol con sus cuatro hijos varones. Era un referente de la región. Una especie de caudillo. Cuando algo no andaba bien, los vecinos iban a su casa a la tardecita, a consultar. Seguro eran convidados con ese vino rojo y áspero que tomaba y salían con instrucciones precisas de lo que había que hacer. Y eso se hacía. Parece que nunca la erraba.
Cada tanto aparecía por el pueblo. Llegaba a casa, en su sulky impecable y un alazán hermoso, brillante, nervioso. Ambos hacían juego. Cuando mi madre lo oía llegar, saludaba y se iba al fondo del patio. De donde no aparecía hasta sentir que se había ido. Mi viejo, invariablemente, sacaba una botella de vino y dos vasos. Solo eso. A la segunda botella, mi papá apenas si alcanzaba a tomar dos vasos, hacía los aprestos para irse. La salida era todo un espectáculo. No alcanzaba a pisar los estribos que el caballo daba un envión, casi parándose en dos patas, y arrancaba con unos bríos impresionantes. Lo mismo, él le daba un par de azotes con las riendas y a los gritos se despedía de papá. Algunos vecinos, disimuladamente, se demoraban en la vereda para verlo partir. La calle de tierra quedaba envuelta en una nube de polvo ocultando al carruaje .
Ahora estábamos en su casa, la verdadera. Él, al juntarse con “esa mujer” edificó otra más precaria a la entrada del campo. En la casa original vivían los hijos solteros que tampoco nunca aceptaron la presencia de la nueva compañera de su padre.
Ahora, al entrar al dormitorio, lo vi en la cama. Parecía otra persona. Era como que si se hubiera reducido. Su color rojizo había sido reemplazado por un extraño color gris rosáceo. A su lado María” esa mujer” le hacía compañía. Escuché claramente, que mi tío decía: “que oscuro se está poniendo”. La ventana, al poniente, sin cortinas, dejaba entrar los rayos del sol inundando de luz la habitación. María, le mintió. “Si, viejito-siempre le decía viejito-parece que se viene la tormenta.” Mi papá me hizo una seña y salimos. En media hora sentimos los gritos y llantos de María y supimos que tío Daniel ya estaba sujetando las riendas de su alazán por lugares desconocidos.
Entonces se acercaron mis primos. Entraron y se ocuparon de todo lo demás. María se sentó en un banco casero de algarrobo, al lado de la puerta. Era menuda pero nunca la vi más pequeña e insignificante. La escuche decir, casi como en un rezo: y ahora que será de mí…
En esos lugares el velorio se hace al aire libre, si el tiempo lo permite. Solo el difunto permanece adentro, en su cama. Alguien prepara el fuego, a la noche para hacer el asado y calmar el hambre de los vecinos, dispuestos a pasar la noche. Vienen de kilómetros a la redonda. Vienen todos. Hijos y mujeres incluidas. Las madres juntan sillas en improvisadas camas para los más chicos.
Con naturalidad, todos se sientan en un gran círculo. Algunos hablan en voz baja con el que tienen al lado. Nadie llora. El tema siempre es el mismo. La siembra, la lluvia, el rinde del tabaco. Porque todo el mundo sembraba tabaco. Era el oro rubio del momento, desde que una tabacalera instaló un acopio en un pueblo cercano y empezó a regalar las semillas. Habían descubierto que la tierra de esa zona, era ideal para la siembra de la clase “virginia” de tabaco rubio como en los mejores campos norteamericanos.
Me senté al lado de mi papá, en unos tablones. Como ya era mayorcito-doce años-me tenía que comportar como los adultos. No podía irme a dormir. Los ojos me ardían. Varias horas habían pasado desde la muerte del tío y todavía faltaban muchas otras para que amaneciese. La noche de verano era hermosa. Una inmensa luna llena hacía casi innecesarios, los faroles que colgaron de los árboles. La playa del cancheo, similaba el ruedo de una plaza de toros y las visitas, los asistentes a la corrida. Sin toros y sin torero.
Fue entonces que desde mi frente, al otro lado del ruedo, se levantó un viejito que hasta entonces no había visto. Era pequeño, muy bajito, cada paso le demandaba un gran esfuerzo. Como si llevase un peso grande en la espalda. Parecía un desvalido pichón de paloma. Su ropa gris hacía juego con su innecesario sombrero. El único toque de color lo daba un pañuelo rojo tinto que llevaba cuidadosamente anudado al cuello. Apoyaba una mano en un rústico bastón de tintitaco, gastado en la empuñadura. Se demoró un buen rato en llegar. Vino derecho hacia papá. Mi padre, respetuosamente, se paró y algo hablaron a media voz. Supe que le había pedido permiso para hablarme. Se sentó a mi lado. Mi ocasional vecino se levantó para darle lugar. Fue entonces cuando me dijo: “escuche, niño le voy a enseñar como se curan las verrugas de palabra.” Su voz era casi un hilito, tuve que hacer esfuerzos para escucharle. Me dijo: “el día que Ud. decida pasar el poder- así lo nombró - tiene que ser en una noche como esta, de luna llena, en que haya muerto alguien querido. Y hágalo con una persona joven para que pueda curar por mucho tiempo; me dio un poco de miedo. Todo era muy raro. La cercanía de mi papá me tranquilizaba. Agregó que cuando transmitiera lo que me iba a enseñar, en ese mismo momento, perdería el poder. Cuando decía “el poder” cambiaba el tono de voz. Era mas grave, como si su voz no fuera su voz. O me parecía. Algo más quiso decir pero un acceso de tos se lo impidió. Entre sus dedos marchitos sostenía uno de esos cigarros de hoja. Cada vez que pitaba una espesa nube de humo se demoraba ocultándole la cara. Escuché que dijo: tenga cuidado con…y tuvo un acceso de tos que le impidió seguir hablando. Después no dijo mas nada.

El viejito, que después me enteré era un curandero muy respetado en la zona, un curador, como decía la gente, me enseñó lo que tenía que decir para mis adentros. Dijo que no tenía que contárselo a nadie. Era algo relacionado con la religión. Tenía que preguntar al paciente, donde tenía las verrugas, cuantas eran y avisarle que a partir de ese momento no debía mirarlas más. Ignorarlas. Si las miraba se perdía el tratamiento.
Del entierro de mi tío no me acuerdo mucho. Si que fue el primer muerto que vi. No me impresionó, era como si con la muerte hubiera recuperado su aspecto habitual. Parecía dormir.
A la otra noche, recién me acordé del curador y su enseñanza.
En la base de mi dedo pulgar izquierdo tenía una verruga que casi era una agradable compañía. Cuando estaba aburrido, la mordisqueaba. En alguna oportunidad, de puro distraído llegué a hacerla sangrar.Decidí probar conmigo la fórmula aprendida. No sé en que momento desapareció. Me di cuenta que se estaba achicando pero no cuando ya no estuvo más. No la miraba ni por casualidad. No lo consideré un éxito porque era conmigo mismo.
Debía probarla con otra persona. Esa persona resultó ser una chica que trabajaba de manicura. Un amigo, medio en joda, medio en serio, me la presentó. La rubiecita ya no sabía que probar. Su problema era una indisimulable verruga en el dedo pulgar de su mano derecha. En esos años no existían los guantes de látex y no tenía manera de ocultarla. Me dijo que algunas clientas habían dejado de verla. Se había dado cuenta que la protuberancia producía las deserciones. Decidí hacer la cura. La chica me gustó. No la vi nunca más. Al mes de conocerla, se fue a vivir a otra provincia. Mi amigo, pasado casi el año, me contó que le había hablado por teléfono. Le dijo que me agradeciese por la “sanación”.O sea que había resultado cierto.
La última vez que puse en práctica lo aprendido fue a pedido de una amiga que me contó que la profesora del taller de pintura donde iba, tenía un grave problema. Una importante verruga en su párpado izquierdo le estaba impidiendo ver y lo peor es que no podía pintar con la soltura de otrora. El caso se presentaba como problemático ¿Cómo hacer para que no se mirase la callosidad, si justo la tenía en la cara? Lo mismo decidí probar. Pasado un par de meses, la pintora tuvo una notable mejoría. Solo le quedó como recuerdo una pigmentación un tanto más oscura en la zona.

Creo que fue un error no haberle preguntado al curandero que me quiso decir cuando por culpa de la tos dejó de hablar.
Hace una semana que debajo de la uña del pulgar derecho está creciendo una oscura verruga. En la base del otro pulgar es insipiente la presencia de otra callosidad y lo que mas me preocupa es un molesto abultamiento en mi párpado izquierdo. Crece día a día y ya me está impidiendo ver con claridad.

Juan José García Zalazar (2010)